La dictadura: el comienzo del fin
Nicolás Ariel Herrera - Licenciado en Sociología por la UdelaR - Profesor de Historia y Sociología en educación media y terciaria - Investigador en Historia Contemporánea
¿Por qué cayó la dictadura? Uruguay tuvo una de las dictaduras más sanguinarias y represoras del continente que luego de doce años de facultades discrecionales entregó el poder a los civiles.
¿Cayó por la sola voluntad de los militares? Veamos. En el resto del continente las fuerzas armadas llegaron al poder y devolvieron el poder al mismo tiempo. El golpe de Estado de Pinochet ocurrió en 1973, solo semanas después del golpe uruguayo. Y los gobiernos democráticos retornaron en Argentina en 1983 y en Uruguay y Brasil en 1985. Entre las causas de las dictaduras de los 70 se menciona la crisis del capitalismo, de la política exterior norteamericana, o la ola antidemocrática que entonces sacudió el mundo. Pero, si nos preguntamos ¿cual fue el comienzo del fin de la dictadura? O ¿a partir de qué momento la balanza se inclinó contra los militares? Tal vez no exista consenso en la elección del momento. Según la ecuación de factores que se disponga, puede que el momento haya sido el plebiscito de 1980, la crisis de la “tablita” (1982), el “regreso” de Wilson, y el más obvio pacto del Club Naval (1984).
Hay una muy atrayente alegoría de Max Weber cuando compara el curso de acontecimientos que se aproximan a una definición, con una locomotora echada a correr, en el momento en que llega a un cruce de rieles. Lo atractivo de la figura es que sugiere la manera como un vuelco en el equilibrio de fuerzas puede ser el que decida el rumbo futuro de una coyuntura histórica. ¿Cuál habrá sido ese momento, en Uruguay?
En 1980 las fuerzas armadas quisieron incluir en una nueva Constitución los poderes extraordinarios con que habían desconocido los derechos individuales. Sería sometida a una consulta electoral. Fueron a plebiscito y el voto popular fue negativo. Bloqueado ese camino, los generales pasaron a un plan B. Nombraron un presidente militar, Gregorio Alvarez, y decidieron buscar la reforma constitucional con el aval de los partidos. Antes habría una elección interna en cada partido, pero excluyendo a la izquierda. Efectuadas las “internas” en noviembre de 1982, fueron clara mayoría los sectores más radicalmente antigolpistas dentro de blancos y colorados. También hubo 100.000 votos más para los blancos, tema que planteaba especulaciones con vistas a una elección futura (¿a dónde irían los votos de la izquierda?). En noviembre de 1982 se rompió “la tablita”, una cotización anticipada del dólar, que tuvo efectos catastróficos para la economía uruguaya. Con esa debacle a cuestas, los mandos militares delegaron en la Comisión de Asuntos Políticos (Comaspo) la tarea de acordar con los dirigentes políticos una “salida” del régimen de facto.
Es decir, cómo, cuándo y en qué condiciones habrían de entregar el poder. Así fue como los partidos permitidos (colorados, blancos y cívicos) concurrieron al Parque Hotel en mayo de 1983. Para sorpresa de todos, la delegación militar propuso como base la inclusión en la Constitución de todos los instrumentos autoritarios que ya habían sido rechazados en el plebiscito. Ante semejante exigencia, y luego de siete reuniones, los políticos resolvieron suspender los contactos. El “diálogo” había fracasado. Pero en tanto se realizaban las reuniones en el Parque Hotel (mayo-julio/83) la dictadura no dio tregua. Se clausuró el semanario blanco “La Democracia” y se mantuvo la proscripción del caudillo Wilson Ferreira Aldunate, requerido por la justicia militar. A fines de junio, en pleno “diálogo”, los representantes políticos denunciaron la detención y tortura de 25 estudiantes universitarias. A principios de agosto del 83, con todos los caminos cerrados, volvía la noche de las detenciones y las desapariciones. El gobierno declaró clausurados los contactos con los partidos y anunció que procedería a reformar la Constitución por su cuenta.
Según nuestra hipótesis, este puede ser el momento en que la locomotora se precipita al cruce de rieles.
Lo notable de ese instante es que con las vías políticas bloqueadas la sociedad uruguaya salió de su parálisis y fue capaz de generar de su seno una batería de insumos inesperados que dieron vida a grupos sociales que asumieron el protagonismo. Sería demasiado fácil decir que las masas se lanzaron a la calle reclamando libertad. Son nuevos actores que ocasionalmente surgen en la vida de las sociedades y en contados momentos de la historia. Un grupo de sindicatos dio forma al Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT) que ya había celebrado el 1º de Mayo; estudiantes universitarios formaron Asceep y realizaron una semana de la primavera con manifestaciones pacíficas y reclamos de apertura; una inusual agrupación de movimientos sociales (estudiantes, gremialistas, cooperativistas, clubes barriales) y sectores políticos, crea la llamada Intersocial, con una convocatoria a la resistencia; y se escucharon sones de cacerolas, primero a escondidas y luego en las esquinas de los barrios. El gobierno amenazó y movilizó efectivos con tanquetas y gases. Como si la gente hubiera perdido el miedo o sintiera ya el aroma de un futuro posible. El 27 de noviembre, en el Obelisco, ese movimiento cuajó ante cientos de miles de personas y el llamado “para un Uruguay sin exclusiones”. Un año después el país realizaba sus primeras elecciones democráticas desde 1971.
Para muchos uruguayos aquellas elecciones eran nada menos que la culminación de sus vidas y de sus luchas. Hace 30 años.
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