martes, 3 de noviembre de 2015

HACE 30 AÑOS Diario La Republica. Montevideo


La dictadura: el comienzo del fin

Nicolás Ariel Herrera - Licenciado en Sociología por la UdelaR - Profesor de Historia y Sociología en educación media y terciaria - Investigador en Historia Contemporánea
¿Cayó por la sola voluntad de los militares? Veamos. En el resto del continente las fuerzas armadas llegaron al poder y devolvieron el poder al mismo tiempo. El golpe de Estado de Pinochet ocurrió en 1973, solo semanas después del golpe uruguayo. Y los gobiernos democráticos retornaron en Argentina en 1983 y en Uruguay y Brasil en 1985. Entre las causas de las dictaduras de los 70 se menciona la crisis del capitalismo, de la política exterior norteamericana, o la ola antidemocrática que entonces sacudió el mundo. Pero, si nos preguntamos ¿cual fue el comienzo del fin de la dictadura? O ¿a partir de qué momento la balanza se inclinó contra los militares? Tal vez no exista consenso en la elección del momento. Según la ecuación de factores que se disponga, puede que el momento haya sido el plebiscito de 1980, la crisis de la “tablita” (1982), el “regreso” de Wilson, y el más obvio pacto del Club Naval (1984).
Hay una muy atrayente alegoría de Max Weber cuando compara el curso de acontecimientos que se aproximan a una definición, con una locomotora echada a correr, en el momento en que llega a un cruce de rieles. Lo atractivo de la figura es que sugiere la manera como un vuelco en el equilibrio de fuerzas puede ser el que decida el rumbo futuro de una coyuntura histórica. ¿Cuál habrá sido ese momento, en Uruguay?
En 1980 las fuerzas armadas quisieron incluir en una nueva Constitución los poderes extraordinarios con que habían desconocido los derechos individuales. Sería sometida a una consulta electoral. Fueron a plebiscito y el voto popular fue negativo. Bloqueado ese camino, los generales pasaron a un plan B. Nombraron un presidente militar, Gregorio Alvarez, y decidieron buscar la reforma constitucional con el aval de los partidos. Antes habría una elección interna en cada partido, pero excluyendo a la izquierda. Efectuadas las “internas” en noviembre de 1982, fueron clara mayoría los sectores más radicalmente antigolpistas dentro de blancos y colorados. También hubo 100.000 votos más para los blancos, tema que planteaba especulaciones con vistas a una elección futura (¿a dónde irían los votos de la izquierda?). En noviembre de 1982 se rompió “la tablita”, una cotización anticipada del dólar, que tuvo efectos catastróficos para la economía uruguaya. Con esa debacle a cuestas, los mandos militares delegaron en la Comisión de Asuntos Políticos (Comaspo) la tarea de acordar con los dirigentes políticos una “salida” del régimen de facto.
Es decir, cómo, cuándo y en qué condiciones habrían de entregar el poder. Así fue como los partidos permitidos (colorados, blancos y cívicos) concurrieron al Parque Hotel en mayo de 1983. Para sorpresa de todos, la delegación militar propuso como base la inclusión en la Constitución de todos los instrumentos autoritarios que ya habían sido rechazados en el plebiscito. Ante semejante exigencia, y luego de siete reuniones, los políticos resolvieron suspender los contactos. El “diálogo” había fracasado. Pero en tanto se realizaban las reuniones en el Parque Hotel (mayo-julio/83) la dictadura no dio tregua. Se clausuró el semanario blanco “La Democracia” y se mantuvo la proscripción del caudillo Wilson Ferreira Aldunate, requerido por la justicia militar. A fines de junio, en pleno “diálogo”, los representantes políticos denunciaron la detención y tortura de 25 estudiantes universitarias. A principios de agosto del 83, con todos los caminos cerrados, volvía la noche de las detenciones y las desapariciones. El gobierno declaró clausurados los contactos con los partidos y anunció que procedería a reformar la Constitución por su cuenta.
Según nuestra hipótesis, este puede ser el momento en que la locomotora se precipita al cruce de rieles.
Lo notable de ese instante es que con las vías políticas bloqueadas la sociedad uruguaya salió de su parálisis y fue capaz de generar de su seno una batería de insumos inesperados que dieron vida a grupos sociales que asumieron el protagonismo. Sería demasiado fácil decir que las masas se lanzaron a la calle reclamando libertad. Son nuevos actores que ocasionalmente surgen en la vida de las sociedades y en contados momentos de la historia. Un grupo de sindicatos dio forma al Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT) que ya había celebrado el 1º de Mayo; estudiantes universitarios formaron Asceep y realizaron una semana de la primavera con manifestaciones pacíficas y reclamos de apertura; una inusual agrupación de movimientos sociales (estudiantes, gremialistas, cooperativistas, clubes barriales) y sectores políticos, crea la llamada Intersocial, con una convocatoria a la resistencia; y se escucharon sones de cacerolas, primero a escondidas y luego en las esquinas de los barrios. El gobierno amenazó y movilizó efectivos con tanquetas y gases. Como si la gente hubiera perdido el miedo o sintiera ya el aroma de un futuro posible. El 27 de noviembre, en el Obelisco, ese movimiento cuajó ante cientos de miles de personas y el llamado “para un Uruguay sin exclusiones”. Un año después el país realizaba sus primeras elecciones democráticas desde 1971.
Para muchos uruguayos aquellas elecciones eran nada menos que la culminación de sus vidas y de sus luchas. Hace 30 años.

DICTADURA Y SU SALIDA

La dictadura cívico militar (1973-1985)
Destacado Social Articulistas Histórico
Autor:  Larrobla, Carla
Antecedentes del Golpe de Estado de 1973

El Golpe de Estado de 1973 estuvo precedido por un proceso de crisis gradual del sistema político cuyo inicio podría fecharse en 19671. Caracterizado por el deterioro de la democracia y del Estado de Derecho, este período ha sido denominado por Álvaro Rico como “el camino democrático de la dictadura”2, donde se asistió a una auto-transformación del Estado de Derecho en Estado policial.

La agudización de la violencia es otro de los elementos que permiten caracterizar los años previos a la dictadura. La irrupción de la lucha armada como camino de transformación impulsada por algunas organizaciones políticas, como fue el caso del Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros (MLN), se inscriben en un clima de agitación revolucionaria que trasciende a la esfera nacional. Las movilizaciones sociales crecientes fueron acompañadas por los procesos de unidad sindical y de la izquierda uruguaya. Estos procesos culminan con la formación de la Convención Nacional de Trabajadores en 1964 y del Frente Amplio en 1971.

En contrapartida las prácticas represivas por parte del Estado se fueron extendiendo y profundizando. La aplicación sistemática de la tortura a los detenidos fue denunciada en reiteradas ocasiones al tiempo que aumentaban las acciones de los grupos de ultra derecha.

El avance del autoritarismo a nivel de la esfera pública provocó la reestructuración del mundo privado, instalando el clima de sospecha, la duda, la desconfianza. El miedo comenzó a calar hondo en la sociedad uruguaya. Las Medidas Prontas de Seguridad fueron utilizadas de forma sistemática por parte del gobierno en aras de combatir a la “subversión” que era representada tanto por la guerrilla como por todos aquellos que respondían al “marxismo internacional”.

En enero de 1972, Juan María Bordaberry asumía la presidencia de la República como el nuevo mandatario electo. El 14 de abril del mismo año, el MLN lanzó su plan de ofensiva contra el grupo de ultra derecha “Escuadrón de la Muerte”. Luego de una jornada sangrienta que culminó con 11 personas asesinadas3; el Parlamento declaró el “Estado de Guerra Interno” que se extendió hasta el 10 de julio de 1972 con la aprobación de “Ley de Seguridad del Estado” (que estará vigente durante toda la dictadura). De esta manera quedaban suspendidas las garantías individuales.

El deterioro de la democracia era visible para todos los sectores políticos y para la población en general mientras que la injerencia de los militares en la vida pública iba creciendo. Una vez finalizada la fuerte contraofensiva militar contra el MLN que logró desmantelar a la organización, el Presidente mostró claras intenciones de alejar de escena a las Fuerzas Armadas.

Llegamos, de esta manera, a la crisis de febrero de 1973. Ante el nombramiento del Gral. Antonio Francese para el cargo de Ministro de Defensa Nacional, el Ejército y la Fuerza Aérea emitieron, el 8 de febrero un comunicado solicitando al Presidente que relevara del cargo al nuevo ministro. Por su lado, la Armada Nacional, fiel a Bordaberry ocupó la Ciudad Vieja, bloqueándola en señal de apoyo.

Paralelamente el Ejercito y la Fuerza Aérea, emitieron los comunicados 4 y 7 -el 9 y 10 de febrero. Éstos provocaron una gran confusión en diversos sectores políticos y sociales que apoyaron la postura de los militares al considerarlas más progresistas que las que representaba el Poder Ejecutivo. De esta forma se produjo un mayor aislamiento del Presidente que veía como se multiplicaban las voces que pedían su renuncia. Ante esta situación, es Bordaberry quien pone punto final a la crisis institucional, tras acordar con los militares el 13 de febrero de 1973, en lo que ha sido llamado el “Pacto de Boisso Lanza”. En el mismo se estipuló la creación del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA), integrado por el Presidente, algunos ministros, los Comandantes de las tres armas y el Jefe del Estado Mayor Conjunto. La presencia de las Fuerzas Armadas en la vida pública del país quedaba, así, institucionalizada.

El 25 de abril de 1973, el Poder Ejecutivo solicitó al Senado el desafuero del Senador Enrique Erro, por supuestas vinculaciones con el MLN- T, el cual será rechazado por la Cámara de Representantes, por un solo voto de diferencia. Las discusiones que se generaron al respecto del desafuero agudizaron las tensiones entre el elenco parlamentario y los mandos castrenses.

El 1º de junio Bordaberry reimplanta las Medidas Prontas de Seguridad, provocando el retiro del apoyo de la “Lista 15” al gobierno. Los conflictos con los partidos políticos siguen profundizándose: es detenido el presidente del Directorio del Partido Nacional al tiempo que se anuncia el envío por parte del Ejecutivo del pedido de desafuero del diputado nacionalista Héctor Gutiérrez Ruiz.  La crisis política se agravaba cada vez más.

Golpe de Estado y Huelga General

En la madrugada del 27 de junio, el Presidente Juan María Bordaberry firmó, junto a los Ministros de Defensa e Interior, el decreto de disolución del Parlamento. De esta manera es el presidente electo constitucionalmente quien “…en dicho acto (autogolpe) deviene dictador de facto. No existió, pues, ni usurpación, ni vacío, sino continuidad y unidad del poder estatal…”4


La respuesta de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) fue inmediata y la Huelga General fue declarada el mismo 27 de junio, procediéndose a la ocupación -por parte de los obreros- de los lugares de trabajo. Esta medida fue acompañada por la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) impulsando la paralización de las actividades curriculares y la ocupación de  los centros de estudio. La respuesta del gobierno no se hizo esperar y el 30 de junio se emitió el decreto de disolución de la CNT y se dispuso la clausura de sus locales y el arresto de dirigentes sindicales. El 11 de julio la central decidió levantar la huelga en el marco de una represión creciente que provocó que el gobierno debiera habilitar el Cilindro Municipal como centro de detención, debido a que la capacidad de las cárceles y de otros establecimientos de reclusión se encontraba saturada.

La Huelga General se extendió a lo largo de 15 días y fue acompañada por distintas acciones del movimiento popular: manifestaciones relámpago (la más significativa de ellas fue la realizada el 9 de julio sobre la avenida 18 de julio5), reorganización inmediata de las ocupaciones luego de los desalojos, volanteadas, pintadas; llegando a realizarse el simbólico acto de apagar la llama de la refinería de ANCAP, ubicada en el barrio La Teja.
Como contraparte, la política represiva desplegada por el gobierno dejó como saldo cientos de detenidos y heridos y dos trabajadores asesinados: Walter Medina (6 de julio) y Ramón Peré (9 de julio).

En lo que refiere al movimiento estudiantil, las autoridades decidieron realizar en setiembre de 1973, las elecciones universitarias bajo el control de la Corte Electoral. En todos los servicios universitarios triunfaron los sectores de oposición a la dictadura, convirtiendo a este acto eleccionario en un fracaso para los objetivos del gobierno. A esta instancia se le suma el suceso del  27 de octubre de 1973, donde luego de la explosión de una bomba en la Facultad de Ingeniería, fue intervenida la Universidad de la República al tiempo que fueron detenidos el Rector y la mayoría de los Decanos. A partir de ese momento se inició un proceso de depuración de los principales cuadros docentes universitarios.  Por último el 28 de noviembre  fueron ilegalizadas las actividades de casi todos los partidos o grupos de izquierda y de la FEUU.
Breve síntesis del proceso político de la dictadura

El 27 de junio de 1973 comenzó a organizarse el aparato institucional que daría forma al gobierno de facto. De esta manera, a través del mismo decreto que disolvió el Parlamento, se creó el Consejo de Estado, cuyas atribuciones fueron: desempeñar las funciones de la Asamblea General y controlar la gestión del Poder Ejecutivo en lo referente al respeto a los derechos individuales y a las normas constitucionales y legales. A su vez debía elaborar un anteproyecto de reforma constitucional. Dicho Consejo inició sus funciones el 19 de diciembre de 1973 siendo su primer presidente el ex senador nacionalista Martin Echegoyen.

El mismo día del Golpe de Estado se emitió el decreto de disolución de las Juntas Departamentales que fueron sustituidas por las Juntas de Vecinos, cuyos miembros (nueve para Montevideo y siete para las 18 restantes) serían designados por el Poder Ejecutivo. Las principales funciones gubernamentales fueron absorbidas por las Intendencias Municipales. Cabe señalar que la totalidad de los intendentes fueron confirmados en sus cargos, registrándose sólo la renuncia del Prof. Amaral, intendente de Rocha.

El ya mencionado decreto del 28 de noviembre de 19736 ilegalizó a los siguientes partidos o grupos políticos: Grupos de Acción Unificadora (GAU), Movimiento 26 de marzo, Movimiento Revolucionario Oriental, Partido Comunista Revolucionario (PCR), Partido Comunista del Uruguay (PCU), Partido Socialista (PS), Unión Popular y Unión de Juventudes Comunistas (UJC).

La participación de las Fuerzas Armadas había sido institucionalizada en febrero de 1973, tras la creación del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA) cuya integración era mixta en tanto participaban civiles y militares. Éste organismo y la Junta de Comandantes en Jefe (JCJ) de las tres Armas, jugaron un papel fundamental durante el proceso dictatorial tanto para la coordinación de la gestión gubernamental como para la planificación de medidas políticas y represivas.

Bajo los principios rectores de la Doctrina de Seguridad nacional (DSN) se aprobó en 1974 una nueva Ley Orgánica Militar, que completaba la institucionalización del COSENA, la JCJ y el Estado Mayor Conjunto (ESMACO).

A partir de ese año, el número de funcionarios militares que comenzaron a ocupar cargos en el aparato estatal fue aumentado considerablemente. Este proceso de “militarización” del Estado implicó que integrantes de las Fuerzas Armadas fueran designados como interventores de distintos Entes Autónomos y para distintos cargos dentro de la administración pública. Estas medidas se enmarcan dentro de una política de control y vigilancia de la sociedad civil comprendida dentro de la lógica de combate al enemigo interno.

Como mecanismo para fortalecer la idea de un proyecto nacional, 1975 fue fijado como el “Año de la Orientalidad” en el marco de los festejos del “Sequiscentenario de los Hechos Históricos de 1825”. Toda una serie de dispositivos conmemorativos se desplegaron en el correr del mismo año en el que comienzan a manifestarse las primeras divergencias entre el elenco castrense y el presidente Juan María Bordaberry.

Estas diferencias se pusieron de manifiesto a la hora de definir el camino que debía tomar el gobierno en 1976 (año en el que – constitucionalmente- deberían ser realizadas las elecciones nacionales). Los planteos de Bordaberry se orientaban a la fundación de un nuevo régimen político donde el sistema de partidos como tal no tendría cabida. Este último punto resultó inadmisible para los mandos militares que decidieron la destitución del presidente el 12 de junio de 1976.

A partir de ese momento asumió -de forma transitoria- la presidencia Alberto Demicheli, quien pertenecía al Partido Colorado, y las elecciones previstas para ese año fueron suspendidas. Se creó el Consejo de la Nación, integrado por el Consejo de Estado y la Junta de Oficiales Generales y que, entre sus facultades, poseía la potestad de designar al Presidente así como a los miembros del Consejo de Estado y de otros ámbitos gubernamentales de extrema importancia. Pocos meses después, el 1º de setiembre de 1976, la presidencia de la República pasó a manos de Aparicio Méndez, de filiación blanca.



Una de las primeras medidas de Méndez fue la firma de una serie de Actos Institucionales, dentro de los cuales se estableció la proscripción de toda actividad política. Estos actos constituían una serie de normas de carácter constitucional que sustituían a la Carta Magna en tanto se proyectaba una reforma de la misma.

A partir de ese momento asistimos a lo que Carlos Demasi denomina como “giro castrense” que no implicó el alejamiento de los civiles del gobierno “…pero definió de otra forma las reglas de su participación: los cuadros políticos debían esperar autorización para hablar en público, o aleccionar a algún militar para que fuera este el que hablara.”7

En agosto de 1977 los comandantes presentaron un “Cronograma político” donde se anunciaba la realización de elecciones para 1981 con una única candidatura y la apertura a más candidatos para 1986. Al mismo tiempo expresaron su voluntad de realizar una reforma constitucional en aras de legitimar las transformaciones introducidas por medio de los actos institucionales.

El acto plebiscitario se produjo el 30 de noviembre de 1980 y la población debía manifestarse por “Si”  o por “No” al proyecto constitucional. Esta instancia significó la derrota del proyecto impulsado por la dictadura tras la victoria del “No” por  57,9% de los votos. Los momentos previos al plebiscito implicaron una gran movilización política; las autoridades desplegaron una gran campaña publicitaria mientras que aquellos que se oponían a la dictadura realizaron las más diversas actividades propagandísticas tanto de forma clandestina como en el marco de una restringida legalidad. A partir de esta derrota se abre una nueva etapa del proceso político.
En 1981 se aprobó el Acto Institucional Nº 11 donde se establecía una transición de tres años, y se preveía que en 1982 se realizarían elecciones internas en los partidos políticos autorizados: Partido Colorado, Partido Nacional y la Unión Cívica. Por el mismo acto se designaba un nuevo presidente; cargo que el 1º de setiembre asumió el Teniente General ® Gregorio Álvarez.

En lo que respecta a las elecciones internas, las mismas implicaron la desproscripción de una buena parte de la oposición y la reactivación de la vida política. Los partidos acordaron las candidaturas a presentar y quedaron establecidas claramente dos alternativas: los opositores a la dictadura y los que apoyaban al gobierno de facto.
La exclusión de la izquierda suscitó que se organizara un movimiento que promovía el voto en blanco como forma de expresar el apoyo al Frente Amplio. Sin embargo no faltaron los debates entre los diferentes sectores que conformaban la coalición sobre cómo actuar frente a las elecciones internas. La iniciativa del voto en blanco fue impulsada por el Gral. Líber Seregni desde la prisión y, pese algunas opiniones que se inclinaban por el apoyo a los sectores progresistas de los partidos tradicionales; la izquierda se alineó en torno a esta propuesta. Desde el exterior y en la clandestinidad, los militantes se movilizaron para marcar la presencia y vigencia del Frente Amplio.

Las elecciones se llevaron a cabo el 28 de noviembre de 1982, el 60,61% de los habilitados a votar concurrieron a los comicios y resultaron ganadoras las listas opositoras a la dictadura. A partir de ese momento comenzaron a funcionar las Convenciones partidarias y se iniciaron las conversaciones con el gobierno para pautar los caminos a seguir para la salida de la dictadura. Las primeras conversaciones se llevaron a cabo entre mayo y julio de 1983 en el Parque Hotel y duraron hasta que los partidos decidieron abandonarlas por entender que era inadmisible continuar las negociaciones en tanto se mantenían las prácticas represivas.

Al mismo tiempo, buena parte de la sociedad uruguaya comenzaba a movilizarse; varios espacios culturales brindaron un lugar para el desarrollo de acciones de resistencia, profundizando diversos mecanismos que se habían desarrollado a lo largo de los años de opresión para, por ejemplo, burlar la censura. Los gremios comenzaron, paulatinamente, a reactivarse. En ese sentido el gobierno autorizó la creación de  asociaciones de trabajadores por empresa que se nucleó en el Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT) y  permitió la realización de un acto para el 1º de mayo de 1983, que resultó multitudinario. El movimiento estudiantil, por su parte, conformó la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (ASCEEP).

Hacia mediados de 1983 comenzaron los primeros apagones y caceroleos masivos como forma de expresar el repudio a la dictadura y en setiembre se realizó la “semana del estudiante” con una convocatoria altamente exitosa. En este marco de creciente movilización social fue creada la “Intersectorial” como espacio de coordinación entre los partidos políticos y las organizaciones sociales. El momento culmine de este proceso fue el acto del 27 de noviembre llevado a cabo en los alrededores del Obelisco de Montevideo y bajo la consigna “Por un Uruguay democrático y sin exclusiones”.

En julio de 1984 se reiniciaron las conversaciones entre los partidos y los militares, pero esta vez el ausente fue el Partido Nacional. La negativa de los “blancos” se debía a la reclusión a la que era sometido Wilson Ferreira Aldunate, líder del sector más “progresista”, quien había regresado al país el 16 de junio siendo detenido de forma inmediata. De esta manera las negociaciones fueron llevadas adelante por el Partido Colorado, la Unión Cívica y la izquierda (cuyo principal dirigente, Líber Seregni, ya había sido liberado pero se encontraba proscripto).

Como resultado de las primeras conversaciones se fueron derogando algunos de los Actos Institucionales, y se inició la liberación gradual de los presos políticos. Al mismo tiempo se anunció la desprocripción del Frente Amplio pero se mantenía ilegal al Partido Comunista.

El 23 de agosto de 1984, en el Club Naval  se concretó el acuerdo entre militares y políticos y se fijaron las elecciones para noviembre. En setiembre se organizó, con la participación  de los partidos políticos y distintas organizaciones sociales, la Concertación Nacional Programática (CONAPRO). Este espacio tenía como objetivo lograr acuerdos y fijar criterios para el futuro gobierno democrático.

El 25 de noviembre se llevaron a cabo las elecciones nacionales, muchos políticos continuaban proscriptos y varios miles de ciudadanos tenían vetada la posibilidad de votar. La victoria recayó en el Partido Colorado y el 1º de marzo de 1985 asumió la presidencia, el Dr. Julio María Sanguinetti.


   
La política económica: Profundización y fracaso de la liberalización

En 1973 se realizaron dos cónclaves8 de gobierno; el primero de ellos se llevó a cabo a fines de agosto en el fuerte de San Miguel en el departamento de Rocha. El segundo se realizó en el mes de octubre en el departamento de Colonia. Allí se establecieron las pautas de las acciones económicas que se iban a desarrollar bajo la idea motora de liberalizar la economía y siguiendo las indicaciones esbozadas en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) elaborado por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y aprobado por el PE el 4 de abril de 1973. Algunas de las premisas planteadas en dicho plan eran: limitar el papel del Estado en materia de intervención económica, realizar una apertura económica hacia el exterior, jerarquizar el papel del empresario privado y promover el ingreso de capitales extranjeros.

La crisis del petróleo que se produce en el mes de octubre provocó la necesidad de ajustar algunos de los lineamientos planteados, debido a que al alza del precio del crudo y el cierre del mercado europeo generaron un desequilibro externo que debía ser enfrentado a través de la imposición de ciertas medidas económicas. Es así que el rol de Estado se mantiene, en algunos sentidos, como intervencionista; esta experiencia económica ha sido denominada por Jorge Notaro como “intervencionismo reestructurador”.9 De esta forma y con el objetivo de impulsar la diversificación de las exportaciones, se tomaron algunas medidas que procuraban incentivar al sector agro-industrial: exoneración impositiva para algunos productos, líneas de crédito preferenciales y facilidades fiscales. Todos aquellos productos que eran exportables fueron declarados de interés nacional.

En 1974 la JCJ comenzó a participar activamente en el Consejo Económico y Social que asistía al gobierno en materia económica al tiempo que oficiaba de contralor de que se siguieran las medidas acordadas en los cónclaves mencionados. En julio del mismo año, Alejandro Végh Villegas asumió como Ministro de Economía logrando concretar algunas de las medidas liberalizadoras iniciadas en 1973  así como el fortalecimiento de la producción nacional.

Para atraer a los capitales extranjeros se implementaron diversas medidas: se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, se promovió la reducción del costo de la mano de obra y se dio inicio a un intenso proceso de liberalización y apertura del sistema financiero uruguayo y del mercado cambiario. En mayo de 1975 se aprobó la ley de libre convertibilidad del peso uruguayo para los movimientos financieros y la libre transferibilidad de capitales. En marzo de 1976 se eliminó el curso forzoso de la moneda nacional y unos meses después se liberaron los topes de posiciones en moneda extranjera de los bancos. Jaime Yaffé expresa que: “al cabo de este proceso el mercado financiero uruguayo quedó completamente liberalizado lo mismo que los movimientos de capitales desde y hacia el país, iniciándose un proceso de dolarización de la economía”.10

Otra de las líneas económicas que caracterizan a este período fue el impulso de las exportaciones no tradicionales que permitió el crecimiento de industrias como la textil, el cuero, la química y la de algunos minerales no metálicos.

Para promover las exportaciones se impuso un tipo de cambio real elevado al tiempo que la caída del salario real favorecía que los costos de producción fueran competitivos en el mercado internacional. La diversificación de los mercados compradores fue otro de los pilares de esta política, de esta manera se establecieron relaciones comerciales con países asiáticos y árabes al tiempo que se suscribieron acuerdos con países de la región. Esto último provocó un fluido intercambio con Brasil y Argentina.

Si bien las exportaciones registraron un claro aumento y constituyeron un puntal del crecimiento económico, también lo hicieron las importaciones provocando el déficit de la balanza comercial. Esta situación deficitaria fue apaliada con el ingreso de los capitales extranjeros y con el aumento de la deuda externa, que pasó de 956 millones de dólares en 1974 a 1.239 millones en 1978.

En setiembre de 1976  Valentín Arismendi asumió como nuevo Ministro de Economía y Finanzas en tanto que José Gil Díaz se convirtió en el nuevo presidente del Banco Central, ocupando dichos cargos hasta 1982. En el último mes de 1977 se llevó a cabo el cuarto cónclave cívico militar en Solís, allí fueron planteados los lineamientos que provocarían un reajuste de la política económica.

Uno de los objetivos estratégicos de este equipo económico era transformar al país en una plaza financiera, y para ello era necesario generar un clima económico favorable donde reinara la estabilización monetaria. Profundizando la línea económica del período anterior se procuraba mejorar la economía por medio del ingreso de capitales extranjeros ofreciendo para ello todo tipo de ventajas.

En ese marco se aplicaron una serie de medidas económicas que apuntaron a privilegiar la actividad financiera: se anularon los controles fiscales y se  abandonó el control de la oferta monetaria, en 1979 se eliminaron los encajes bancarios obligatorios y las tasas de intereses fueron liberadas al eliminarse los topes existentes y se amplió el margen de endeudamiento de los bancos.  En ese mismo año el sistema tributario fue modificado revocando el impuesto que afectaba a los depósitos bancarios y el que gravaba las ganancias de las inversiones extranjeras.

Un eje central de este período fue la modificación de la política cambiaria; se creó un sistema de preanuncio del tipo de cambio que fue conocido como “la tablita”. De esta manera el gobierno informaba con cierta anticipación cuántos pesos uruguayos valdría cada dólar americano. Este régimen privilegió la moneda norteamericana frente al peso en el marco  de la llamada “dolarización de la economía”; al tiempo que la imposición del atraso cambiario elevó el costo de las exportaciones y abarató las importaciones. En el marco de una política de liberalización importadora se fueron cancelando los beneficios que, en una primera etapa, se le habían otorgado a las industrias exportadoras. De esta manera, el mercado interno se vio, progresivamente, inundado de productos extranjeros. En ese sentido el déficit comercial se acrecentó durante  trienio 1979-1981.

En noviembre de 1981 se realizó, en Piriápolis, el quinto cónclave; los lineamientos allí aprobados configuraron un nuevo avance en el proyecto de desarrollo y de liberalización, pero no pudieron ser aplicados por el estallido de la crisis.

El 25 de noviembre de 1982 el Banco Central se retiró del mercado cambiario anunciando el abandono del cronograma de cotizaciones anticipadas, este episodio ha sido conocido como el “quiebre de la tablita”. El gobierno dejó de controlar el precio del dólar lo que provocó la suba estrepitosa de su valor, en solo dos días el dólar americano pasó de 13 a 39 pesos uruguayos. Ante esta situación, en diciembre de 1982 Valentín Arismendi fue sustituido por Walter Lusiardo Aznárez.

A partir de ese momento se desencadenó  una de las peores crisis económicas de la historia del país que develó las insuficiencias del modelo económico de la dictadura y la persistencia de “desequilibrios estructurales que el modo de crecimiento del período llevaba implícitos (déficit comercial, déficit en Cuenta Corriente, creciente endeudamiento externo e interno, alta inflación y deterioro de los ingresos reales de asalariados y usufructuarios de la seguridad social)”.11

A la quiebre de empresas se agregó el desempleo, que en 1982 registró un aumento considerable pasando del 7% al 12%. Sumado a esto, se asistió a la profundización de la caída del salario real. Por otra parte, la fuga de capitales fue acompañada por una persistente caída de las reservas. Los precios subieron y se desató, nuevamente, un proceso inflacionario. El endeudamiento externo creció alcanzando los 4.238 millones de dólares y el déficit fiscal trepó al 9% del PBI12 al tiempo que se producía la cesación de pagos.



En diciembre de 1983, Vegh Villegas fue convocado nuevamente para hacerse cargo de la cartera económica del país. Una vez más, el estado uruguayo asumió un rol intervencionista para poder salir de una crisis económica que se enmarcaba en el proceso de transición política hacia la democracia. En ese sentido la maniobra estatal consistió en adquirir, a través del Banco Central, los créditos incobrables correspondientes a cinco instituciones bancarias nacionales para que fueran adquiridos por bancos extranjeros. Para realizar esta operación –llevada a cabo en junio de 1983- el Estado tuvo que aumentar su endeudamiento con el exterior en 300 millones de dólares. Al verse imposibilitado de cumplir con los tiempos acordados con el FMI, el Estado uruguayo tuvo que acordar con dicho organismo un plan de ajuste y refinanciación. El país iniciaba su recuperación democrática con un endeudamiento externo que alcanzó el 90% del PBI.

Hacia el final de la dictadura los intentos liberalizadores iniciados en 1959 así como las pretensiones neoliberales habían fracasado demostrando las flaquezas estructurales de dicho proyecto económico.
El terrorismo de Estado

El terrorismo de Estado se ejerció en distintas dimensiones y afectó a todo el conjunto de la sociedad uruguaya. Las prácticas llevadas a cabo por el gobierno comenzaron a manifestarse mucho antes del quiebre institucional pero se profundizaron y desplegaron en todo su potencial a medida que transcurrió la dictadura.
Una de las principales características de la estrategia represiva de la dictadura uruguaya fue la del encarcelamiento masivo y prolongado. Aproximadamente 6000 personas fueron procesadas por la Justicia Militar mientras que otras miles pasaron por los centros de reclusión o de detención bajo el régimen de Medidas Prontas de Seguridad o con motivo de ser interrogados.

La tortura fue un elemento constante del régimen y se aplicó de forma rutinaria a los detenidos ya fuera en los establecimientos destinados para el encarcelamiento o en los centros clandestinos de detención. Las prácticas de tortura no sólo implicaban el daño físico sino que también apuntaban al debilitamiento sicológico de las víctimas, contando para ambas funciones con profesionales de la medicina que prestaban sus servicios a la dictadura.

El exilio político fue otras de las dimensiones del terrorismo de Estado, cientos de miles de uruguayos debieron emigrar por razones políticas. La mayoría de ellos se encontraban requeridos por la Fuerzas Conjuntas y abandonaron el país en su condición de perseguidos políticos. Desde el exterior, la mayoría de ellos, organizaron la resistencia a la dictadura iniciando grandes campañas de denuncia y de solidaridad.
   
Pero la salida del país no garantizaba la salvación. El desarrollo de la coordinación represiva regional encuadrada en el llamado Plan Cóndor, permitió que la represión y persecución traspasara las fronteras. De esta manera, muchos uruguayos fueron detenidos, desaparecidos y asesinados en Argentina, Chile, Paraguay e incluso en Bolivia y Colombia.

El 24 de marzo de 1976 se produce el Golpe de Estado en Argentina, y a partir de esa fecha se recrudece la persecución de los uruguayos que se habían exiliado en la vecina orilla; “(...), en 1976 se desplegó en Buenos Aires una serie de acciones contra militantes uruguayos pertenecientes a otros sectores de la oposición al régimen autoritario. Los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz a fines de mayo fueron los ejemplos más claros de que la coordinación represiva no se restringió a los integrantes de grupos guerrilleros y de acción directa, aunque hubo varios intentos de asociar a estos dos líderes con los movimientos armados. La más obvia de estas tentativas fue la aparición de sus cuerpos juntos con los de William Whitelaw y Rosario Barredo, dos ex MLN (“Nuevo Tiempo”) radicados en Buenos Aires. (...).”13

En lo que se refiere al asesinato político, en las cárceles uruguayas fallecieron 66 personas. Los motivos de muerte están asociados a los apremios físicos recibidos, a la falta de atención médica y a la autoeliminación. A su vez 22 uruguayos murieron en enfrentamientos con las Fuerzas Armadas y otros 13 fueron secuestrados y asesinados en Uruguay y Argentina.14

Cerca de doscientas personas fueron detenidas y desaparecidas durante la dictadura, aunque antes del Golpe de Estado se produjo la desaparición de dos uruguayos en 1971.

Según las investigaciones realizadas por la Comisión para la Paz se han confirmado15 168 de las denuncias que allí se presentaron. De ese total de casos confirmados, 32 personas desaparecen en Uruguay, 125 en Argentina, 9 en Chile, 1 en Bolivia, 1 en Colombia.

Como podrá apreciarse la mayoría de los uruguayos son detenidos y desaparecen en la República Argentina producto de la coordinación entre las fuerzas represivas de ambos países.

Por otra parte es importante señalar que estos procedimientos se enmarcaron dentro de operativos represivos llevados a cabo de forma planificada y como producto de minuciosas investigaciones de inteligencia.

De esta manera pueden registrarse una serie de “oleadas represivas” vinculadas a los objetivos políticos que perseguían las fuerzas de seguridad:

Las oleadas o ciclos represivos con secuelas de personas detenidas desaparecidas, se suceden en los siguientes períodos de tiempo:

1973 setiembre-diciembre. Oleada represiva contra uruguayos militantes del MLN –T y cientos de exiliados latinoamericanos residentes en Chile, inmediatamente del golpe que derrocó al Presidente constitucional, Dr. Salvador Allende.

1975 octubre-diciembre y 1976 enero-junio. Oleadas represivas contra militantes del PCU en Uruguay en el marco del despliegue de la llamada “Operación Morgan”.

1976 abril, junio-julio y agosto-octubre. Oleadas represivas contra integrantes del PVP en Buenos Aires y Asunción del Paraguay.

1976 abril, agosto, noviembre-diciembre y 1977 febrero, mayo-agosto. Oleadas contra militantes del MLN –T en Buenos Aires.

1977 noviembre-diciembre. Oleada contra militantes de la organización argentina Montoneros radicados en Uruguay.

1977 diciembre y 1978 enero contra miembros de los GAU, AMS, PCR Y MLN –T radicados en Argentina.

1978 abril, junio-julio y agosto contra militantes PST, anarquistas, PCR y MLN –T radicados en Argentina.

1978 mayo. Nueva oleada contra Montoneros en Uruguay.

1981 setiembre y 1982 enero. Oleada represiva con militantes desaparecidos de la UJC y PCU en Montevideo.
Investigación Histórica sobre la Dictadura y el Terrorismo de Estado. 1973-1985.” Tomo I. P.779
   
Otra de las dimensiones del terrorismo de Estado se concentró en el montaje de una red de  vigilancia que no solo permitía el cercenamiento de las libertades sino que apuntaba a la modificación de las relaciones sociales desde los aspectos más cotidianos.

Los servicios de información e inteligencia desplegaron todo su potencial en aras de desarticular tanto a las organizaciones calificadas como subversivas como a los espacios dónde las mismas pudieran propagarse. De esto se desprende el feroz control que comenzó a ejercerse sobre los medios de comunicación y las diversas expresiones culturales de la sociedad.

Si bien el montaje de un sistema de control y vigilancia sobre toda forma de expresión social o ciudadana es parte de un proceso que cobra fuerza a finales de los años 60, su implementación legal y normativa data, en algunos casos, de los años 30. Así la censura a los medios de comunicación, el contralor de radiocomunicaciones, la prohibición de la difusión de determinadas noticias, la prohibición de libros, autores, músicos, artistas “antidemocráticos”, etc., quedó establecida legalmente antes del Golpe de Estado. De todas formas, la dictadura estableció algunas normativas que le permitieran profundizar sus mecanismos de control.  A modo de ejemplo: en octubre de 1973 se dispone que toda información sobre la situación del país que fuera enviada al exterior por las agencias informativas, debía hacerse previa presentación de una copia al Ministerio del Interior. En 1975 la Dirección Nacional de Correos es autorizada a confiscar toda correspondencia que considere subversiva.

Los medios de comunicación estaban sujetos a todo tipo de censuras: se controlaban las publicaciones, los programas de radio y de televisión. Si éstos no se ajustaban a lo que el gobierno estimaba conveniente eran castigados como mecanismo de disciplinamiento; dichos castigos implicaban, por ejemplo, la suspensión de la edición de un diario por un determinado tiempo o su cierre definitivo.

En el caso de las expresiones artísticas, se realizaba un pormenorizado seguimiento de todas las actividades. Existía para ello una Comisión de Censura que se encargada de determinar que podía ser presentado al público. En cuanto a la cinematografía las empresas distribuidoras debían solicitar autorización para que los films que comercializaban pudieran ser proyectados. De esta manera, las películas a estrenar eran presentadas ante la Comisión Censora, generalmente acompañada de algún grupo de oficiales o militares o de la Policía,  quien determinaba si la película ofrecía escenas tendenciosas y si era recomendable o no su proyección y establecía si algún pasaje del film sería censurado.

Lo mismo sucedía con los espectáculos de carnaval, los conjuntos que se presentaban para actuar dentro o fuera del concurso oficial debían entregar los textos del espectáculo a una Comisión censora, la cual los aprobaba o rechazaba total o parcialmente. En algunos casos se realizaban seguimientos específicos a determinados conjuntos, se asistía  a todas sus actuaciones para determinar que no se realizaran agregados al espectáculo y comprobar el ajuste de sus presentaciones a lo establecido por la comisión.

A su vez, existían autores y artistas de distintas disciplinas que se encontraban prohibidos por ser considerados subversivos. En esos casos estaba totalmente prohibida la difusión de sus obras  y la venta de las mismas, para lo cual se controlaban librerías y disquerías. En el caso de los músicos se realizaban “escuchas” permanentes de los programas radiales para verificar que no se trasmitieran canciones de artistas proscriptos.
Los mecanismos de vigilancia implicaban controlar todas aquellas actividades que nuclearan a grupos de personas. Tanto los ámbitos educativos como las comunidades religiosas y todas aquellas formas de organización que fue encontrando la sociedad civil, fueron objeto de investigaciones y seguimientos por parte de los servicios de inteligencia del Estado.

De esta manera se asiste a una “clausura de los espacios públicos” que busca impedir todo tipo de formas de expresión que atentaran contra el orden que se procuraba establecer. Reuniones, conferencias, festivales, campamentos, todo espacio que facilitara o promoviera el nucleamiento de personas debía estar previamente autorizado. Al mismo tiempo un equipo de inteligencia asistía a todas estas actividades para realizar un efectivo control de las mismas. Incluso aquellos eventos o fechas conmemorativas oficiales que implicaran asistencia de público, eran objeto de un riguroso control.

La dictadura generó, pues, un proceso de restricción en las formas de solidaridad social, en la medida que los mecanismos represivos sumados a la presencia del “miedo” conducían, en muchos casos, a que las familias se encerraran en sí mismas y los espacios barriales de interacción social fueran restringiéndose cada vez más al tiempo que se imponía, también, la cultura de la sospecha y la delación.

Operativo Condor

http://www.slideshare.net/OSCARPATRIZIO/la-operacin-cndor-alejandro-patrizio?next_slideshow=1

ppt- Operativo Condor

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LA DICTADURA (1973-1984


Tradicionalmente se ha dividido este período histórico en tres etapas, siguiendo la división realizada por el politólogo Luis E. González:
            1) La etapa de la “dictadura comisarial” desde 1973 a 1976.
            2) La etapa “fundacional” hasta 1980.
            3) La “transición hacia la democracia” a partir del plebiscito del 80 hasta que asume el nuevo gobierno en marzo de 1985.

            EL INICIO: EL GOLPE DE ESTADO DEL 27 DE JUNIO
            El 27 de junio de 1973 el Presidente Juan María Bordaberry decretó la disolución del Parlamento y la creación de un Consejo de Estado. Se intervinieron los Entes Autónomos y se destituyó al intendente de Rocha. Tres días después se declaró ilegal a la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) y se ordenó la captura de sus dirigentes.
            ¿Quienes apoyaron el golpe y quienes se opusieron? El ex-presidente Jorge Pacheco Areco, que había sido designado embajador en España, envió un telegrama apoyando las medidas de Bordaberry. La lista 15 del P. Colorado hizo una declaración rechazando el golpe. Dentro del Partido Nacional los sectores que habían apoyado la candidatura presidencial de Wilson Ferreira Aldunate se opusieron y lo mismo hizo el Frente Amplio. Este y los sectores blancos antigolpistas decidieron coordinar acciones para hacer fracasar el golpe. La CNT también se opuso e inició una huelga general. También las organizaciones estudiantiles rechazaron el golpe.
            Hubo sectores del Parido Nacional que vieron con simpatía el golpe y lo apoyaron. Entre otros Martín Etchegoyen, que había apoyado a la dictadura de Terra en los años 30, y que fue designado presidente del Consejo de Estado
            Los sectores opositores coordinaron una manifestación que se realizó el 9 de julio de 1973 por la avenida 18 de Julio de Montevideo. La manifestación fue reprimida violentamente deteniéndose a cientos de manifestantes, entre ellos al presidente del Frente Amplio, Liber Seregni. Algunos días después la CNT decidía levantar la huelga general al no lograr la caída de los golpistas. Algunos dirigentes políticos, temiendo las represalias, abandonaron el país.
            Al ver consolidado su poder, el gobierno dirigido por Bordaberry comenzó a imponer medidas para profundizar el control sobre la población y llevar acabo su política:
            - Se prohibieron los partidos de izquierda y se suspendió la actividad política de los demás partidos
            - Se inició la destitución de docentes y se clausuraron los institutos de formación docente.
            - Se intervino la Universidad de la República y se prohibió la Federación de Estudiantes Universitarios.
- Se inició una campaña publicitaria para obtener el apoyo de la población (“Póngale el hombro al Uruguay”). A través de los medios de comunicación se mostraba al gobierno estableciendo el orden en un país que era atacado por la “subversión”. Y esta no era sólo la guerrilla, sino los partidos políticos, los sindicatos, la Universidad, etc. Como en el resto de América Latina el ejército de Uruguay aplicaba la “doctrina de seguridad nacional”.

LA DOCTRINA DE SGURIDAD NACONAL
“Doctrina difundida por los Estados Unidos en América Latina a través de la escuela de formación de oficiales superiores de las fuerzas armadas. En esta institución ubicada en la zona del Canal del Panamá y conocida como "Escuela de las Américas", oficiales norteamericanos instruían política y militarmente a los jefes de los ejércitos latinoamericanos. Allí se difundió esta teoría según la cual el enemigo no estaba fuera de las fronteras sino dentro del propio país. Ese enemigo era el opositor, denominado genéricamente como "subversivo" al que había que combatir hasta la muerte. Esta Doctrina tuvo una nefasta influencia en la región y fue aplicada a rajatabla por las distintas dictaduras latinoamericanas”. (Felipe Piña, historiador argentino)

            “LA CASA EN ORDEN” (1973-76)
            El predominio de los sectores “duros” dentro del ejército consolidó la dictadura. Aumentó la represión: mayor cantidad de presos por razones políticas (especialmente integrantes del Partido Comunista), condición de “rehenes” para 9 dirigentes tupamaros, censura de prensa (clausura definitiva del semanario “Marcha”), persecución a periodistas e intelectuales, intensificación de la destitución de docentes. A todos los funcionarios públicos se les exigió un certificado de “fe democrática”: los que figuraban en la listas de los partidos de izquierda en las elecciones de 1971 fueron destituidos.
            En el año 1975 la dictadura reforzó su campaña para obtener una mejor imagen tanto dentro como fuera del país. Al cumplirse 150 años de los sucesos de 1825 se declaró a 1975 “Año de la Orientalidad”, realizándose actos y festejos exaltando el nacionalismo y el patriotismo como una forma de obtener más respaldo popular. Además se realizó la repatriación de los restos de Lorenzo Latorre y se le realizaron homenajes, tratando de prestigiar una figura que la historia tradicional presentaba como dictador y a su vez crear un paralelismo de su gobierno (cuando se hizo la primera modernización) con la nueva dictadura. Prestigiando a los dictadores del pasado la dictadura pensaba prestigiarse a si misma.
            Se estrecharon vínculos con las dictaduras vecinas: Brasil, Chile y Paraguay en primera instancia y luego Argentina tras el golpe militar de 1976. Los gobernantes de esos países fueron recibidos y homenajeados. Años después se sabría que las dictaduras del cono sur coordinaron la represión y persecución de opositores a través del “Plan Condor”. Fue así que muchos exiliados uruguayos fueron capturados en países vecinos, especialmente Argentina, y traídos en forma secreta al Uruguay, para ser interrogados, torturados y desaparecidos.
            De acuerdo a la constitución en el año 1976 debían celebrase elecciones. Por lo tanto eran de esperar novedades en el campo político: o se convocaba a elecciones con un funcionamiento restringido de los partidos o se aplazaban, reformándose la constitución. El presidente Bordaberry presentó a los jefes militares una propuesta de constitución de tipo fascista por la cual no funcionarían partidos políticos, ni siquiera los tradicionales blanco y colorado. Los militares no compartieron las ideas de Bordaberry y lo destituyeron, designando como presidente a Alberto Demicheli.(junio de 1976).
            En un comunicado público los militares dieron a conocer que las Fuerzas Armadas no querían “compartir el compromiso y la responsabilidad histórica de suprimir los Partidos Tradicionales” como quería Bordaberry, pero tampoco convocarían a elecciones. Se proponían crear Leyes Constitucionales para sustituir a la Constitución y mantener un gobierno provisorio, o sea continuar con la dictadura.
           
EL INTENTO FUNDACIONAL (1976-80)
El día que asumió la presidencia, Demicheli firmo las dos primeras de esas “leyes constitucionales”, conocidos como Actos Institucionales 1 y 2. Se trataba de normas que modificaban la constitución de 1966 en aquellos aspectos que chocaban con lo que la dictadura hacía. El primero establecía la suspensión de las elecciones por tiempo indefinido. El segundo creaba un nuevo organismo, el Consejo de la Nación, integrado por el Consejo de Estado y la Junta de Oficiales Generales del ejército, la marina y la aviación. Las funciones de este organismo eran designar al Presidente, a los miembros del Consejo de Estado y de la Suprema Corte de Justicia. Es decir que los máximos organismos del estado eran designados por un órgano militar: la Junta de Oficiales.
Para reforzar la presencia militar en el gobierno, que ya existía de hecho pero ahora quería establecerse de “derecho”, el Acto Institucional 3 legalizó la existencia del Consejo de Seguridad Nacional (COSENA) que venía actuando desde febrero de 1973. Además creó el Ministerio de Justicia, supeditando el Poder Judicial al Poder Ejecutivo.
El Acto Institucional número 4 establecía la proscripción por 15 años de todos los políticos con actuación en los últimos años, bajo la acusación genérica de haber colaborado con la subversión o la corrupción. Cuando volviera a haber actividad política esas personas no podrían participar. El presidente Demicheli se negó a firmarlo y fue destituido. En su lugar fue designado Aparicio Méndez (setiembre de 1976).
            El Acto Institucional 5 también “legalizaba” otra situación de hecho: la violación de los derechos humanos. Establecía que los derechos individuales quedaban limitados por razones de seguridad nacional. Por su parte el acto 7 dejó las manos libres al gobierno para “disponer” de los funcionarios públicos es decir destituirlos sin causa. Esta medida se consideraba importante para limpiar la administración de la “infiltración subversiva” como lo señaló el Ministro de Justicia Fernando Bayardo Bengoa.
            La reiterada violación de los derechos humanos (detenidos sin causa, torturas, destituciones, proscripciones, etc) le causó problemas a la dictadura en el exterior. Las denuncias realizadas por los exiliados (Wilson Ferreira, Zelmar Michellini y Enrique Erro entre otros) provocaron la condena de varios países y de organismos internacionales. Además el presidente de EEUU, James Carter que en ese momento llevaba adelante una política de fuerte respaldo a los derechos y de condena a su violación, expresó su desagrado por lo que sucedía en Uruguay y el Congreso norteamericano suspendió la ayuda militar a nuestro país.
            Tal vez por la condena internacional, tal vez por que pensaba que ya se había eliminado la “subversión comunista”, el gobierno comenzó a planificar una salida a largo plazo.
            En un Cónclave reunido en Santa Teresa (agosto de 1977) el gobierno trazó un plan político en el que se preveía hacer una nueva constitución que se plebiscitaría en el año 1980 y elecciones para 1981 donde sólo participarían los partidos tradicionales.
            Hasta ese momento los partidos tradicionales tenían un funcionamiento clandestino mínimo. Hubo cierta apertura cuando los militares consultaron  a algunos políticos sobre los cambios ha realizar en la constitución. Los políticos consultados se mostraron en contra del proyecto y los militares volvieron a criticar a los políticos sosteniendo que “a los vencedores no se le ponen condiciones”.
            A pesar de las críticas de los políticos, el gobierno siguió adelante con su proyecto de constitución que claramente se basaba en la doctrina de la seguridad nacional. Entre otras cosas se preveía la existencia del COSENA (lo que significaba la presencia permanente de los militares en el gobierno), se establecía que en las elecciones de 1981 habría un candidato único a la presidencia y debía contar con el apoyo militar. En materia de derechos humanos se restringían las libertades: se permitían allanamientos nocturnos, se daba más plazo para mantener detenida a una persona, se reglamentaba el derecho de huelga recortándolo. Se creaba un Tribunal de Control Político que tenía potestades para investigar el funcionamiento de los partidos y sancionar a sus dirigentes, además se ponía trabas a la formación de nuevos partidos.

            EL PLEBISCITO DE 1980
            En noviembre el gobierno lanzó una fuerte campaña publicitaria para lograr el voto de apoyo por el SI en el plebiscito a realizarse el último domingo de ese mes. La propaganda se basaba en “crear un nuevo Uruguay” y “combatir al comunismo internacional”. La dictadura intentó asociar el voto por el NO con la subversión y la corrupción política.
                 Casi todas las figuras políticas habilitadas (aún se mantenía la proscripción) se expresaron por el NO. Sólo se expresaron por el SI el colorado Jorge  Pacheco Areco y dentro del Partido Nacional algunos sectores herreristas y Alberto Gallinal. Los dirigentes de izquierda desde el exilio  la cárcel  se pronunciaron en contra de la reforma. Pero mientras el gobierno disponía de todos los medios de comunicación para hacer propaganda a favor de la reforma, los opositores no tenían esa posibilidad. El boca a boca fue importante para difundir los motivos de quienes se oponían. También se contó con dos medios de comunicación que trataron de hacer la crítica de la reforma propuesta: el semanario “Opinar” fundado por Enrique Tarigo y CX30 La Radio a través de las palabras de su director José Germán Araújo. Ambos medios se convirtieron en símbolos de la resistencia frente a la dictadura y de la lucha por recuperar la democracia.
            En el plebiscito participó el 85% de los habilitados para votar. Triunfó el NO (57% de los votantes) por lo tanto el proyecto de constitución presentado por el gobierno no fue aceptado. Se abría una gran interrogante: ¿qué haría el gobierno?¿Se haría una apertura democrática? ¿Se volvería más represivo? El resultado podía interpretarse como un rechazo a una constitución poca democrática, pero algunos militares podían entenderlo como un rechazo a una salida constitucional y el mantenimiento de la dictadura.

LA DICTADURA TRANSICIONAL (1980-84)
            Ante el resultado del plebiscito el gobierno preparó un nuevo plan político que buscaba la participación de los partidos políticos. En julio de 1981el gobierno entregó a algunos dirigentes políticos unas “bases para el diálogo” que establecían un transición de tres años, la designación de un nuevo presidente, la integración de representantes de los partidos tradicionales en el Consejo de estado, desproscripciones paulatinas.
            El plan se puso en marcha. Se desproscribió a un centenar de políticos (no los de primera línea) y se designó un nuevo presidente: el General Gregorio Alvarez (setiembre de 1981).
            Las Fuerzas armadas crearon una Comisión de Asuntos Políticos (COMASPO) que comenzó a discutir con los representantes de los partidos las condiciones en que estos funcionarían. No fue convocado ningún representante de la izquierda. Las mayores dificultades de entendimiento de los militares fueron con el Partido Nacional, cuya mayoría se organizó en torno a la figura de Wilson Ferreira, exiliado en Londres.
            El año 1982 fue clave para el comienzo del fin de la dictadura. Tres hechos importantes debilitaron al gobierno y aumentaron la fuerza de la oposición:
a) la crisis económica conocida como el “quiebre de la tablita” que le quitó al gobierno el apoyo de sectores empresariales;
b) la aparición pública de organizaciones gremiales de trabajadores y estudiantes (ASCEEP: Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública);
a) el triunfo de los sectores más opuestos a la dictadura en las elecciones internas realizadas en noviembre.
            En junio de 1982 el Consejo de Estado había aprobado el Estatuto por el que debían regirse los partidos políticos. Inmediatamente comenzaron las movilizaciones partidarias  para las elecciones internas de noviembre. En ellas se elegirían las autoridades de los partidos tradicionales. Esas autoridades eran las que después discutirían con los militares el proceso para poner fin a la dictadura.
            Las internas de 1982.-
Se presentaron muchas listas (las que se identificaban con tres letras del alfabeto para evitar usar los números que identificaban a las antiguas listas) pero inmediatamente aparecieron figuras predominantes. En el Partido Colorado Jorge Pacheco Areco ( a quien se identificaba con la dictadura por el apoyo que le había dado a ésta), Julio María Sanguinetti (a quien se veía como representante de Jorge Batlle que estaba proscrito) y Enrique Tarigo (que aparecía como uno de los colorados opositores por su campaña por el NO en el 80 y por las críticas constantes al gobierno hechas en el semanario Opinar y como una figura política nueva ya que no tenía actuación política anterior al 73). El acercamiento que hubo entre Sanguinetti y Tarigo llevó a un grupo de jóvenes colorados que apoyaban a Tarigo a crear su propio sector: la Corriente Batllista Independiente liderada por Manuel Flores Silva y Victor Vaillant.
            En el Partido Nacional había claramente dos tendencias: una a la que se identificaba con la dictadura y que tenía entre sus líderes a Alberto Gallinal y la otra identificada con el Movimiento Por la Patria (Wilson Ferreira) y el Movimiento de Rocha (Carlos Julio Pereira), opositora. Como ambos dirigentes estaban proscriptos (Ferreira se mantenía aún en el exterior)no podían formar parte de la lista que fue encabezada por el historiador Juan Pivel de Voto
El gobierno también había autorizado el funcionamiento de la Unión Cívica, pero no había permitido el funcionamiento de los sectores de izquierda que en 1971 habían integrado el Frente Amplio. Algunos de estos sectores, como el Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano reclamaron la posibilidad de presentarse a las internas pero le fue negada. Entonces a la izquierda se le presentaron dos posibilidades: o hacer que sus seguidores votaran dentro de los partidos tradicionales aquellas listas más opositoras a la dictadura o votar en blanco. En un primer momento el Partido Comunista, que en el exterior coordinaba acciones con exiliados blancos de la línea wilsonista, se pronunció a favor de que sus afiliados votaran por la lista identificada con Wilson Ferreira. Pro otros sectores del Frente Amplio, siguiendo la recomendación de su líder Liber Seregni, aún preso, optaron por el voto en blanco.
            El gobierno liberalizó las condiciones políticas para permitir el desarrollo de la campaña electoral. Hubo mayor libertad de prensa, reuniones y concentraciones callejeras. La campaña se fue radicalizando ya que todas las actividades políticas eran aprovechadas por la población para expresar sus críticas y desaprobación al gobierno. Este reaccionó cerrando algunos medios de prensa y procesando a algunos dirigentes.
            Las elecciones se realizaron el 28 de noviembre de 1982. Concurrió a votar el 60% de los habilitados. Los sectores simpatizantes con la dictadura fueron ampliamente derrotados. Dentro de los blancos se consolidó la postura intransigente frente al régimen que tenían Wilson Ferreira y Carlos Julio Pereira. Dentro del P. Colorado la derrota del pachequismo abría el camino para Sanguinetti y Tarigo. Ambos sectores ganadores quedaban confirmados como representantes de la mayoría de la población. La importante cantidad de votos en blanco (85.377 votos) demostraba la existencia de una izquierda que no se podía desconocer.
            Al gobierno la situación se le había complicado: ahora los partidos estaban legitimados y los dirigentes políticos con quienes tenían que dialogar la “salida” tenían el respaldo de la gente, a pesar la durísima crítica que la dictadura había hecho desde 1973 a “los políticos”.
            1983: año de conversaciones y movilizaciones.-
            El resultado de las internas, como había sucedido con el intento de reformar la constitución en 1980, era una clara derrota para el gobierno. Dentro de este comenzaron a hacerse notar diferencias. Por un lado los sectores que querían buscar una salida y dejar el gobierno en manos de civiles (aunque con la tutela de los militares) y aquellos que querían crear un partido del proceso. Dentro de esta postura estaba, entre otros el presidente Gregorio Alvarez, como quedó claro en un discurso realizado en la localidad de Aceguá.
            En el mes de mayo en el Parque Hotel comenzó el diálogo entre militares y políticos sobre la futura constitución. Pero las conversaciones no avanzaron mucho: los militares planteaban la futura constitución en términos parecidos ala rechazada en 1980. Además se endureció la censura a la prensa y se detuvieron dirigentes políticos, acciones que se atribuyeron a Alvarez, que parecía no estar de acuerdo con la salida y quería “enturviar” el diálogo. Al suspenderse las conversaciones, el gobierno prohibió la actividad de los partidos políticos y amenazó en aprobar por su cuenta la nueva constitución.
            Mientras se paralizaban las conversaciones, aumentaron las movilizaciones populares, realizadas sobretodo por gremios de trabajadores y estudiantes. En abril se había formado el Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT), que el 1° de mayo había conmemorado el día de los trabajadores con una gran concentración luego de 10 años de prohibición. A partir fueron frecuentes las movilizaciones tanto para reclamar por cuestiones puramente gremiales como para reclamar por el retorno a la democracia. También los estudiantes organizados en ASCEEP se movilizaban, siendo su actividad más importante la realización de “La semana del estudiante” en setiembre de ese año que culminó con una multitudinaria manifestación. A estas movilizaciones hay que agregar la formación de la intersectorial, formada por los gremios, los partidos, cooperativas de vivienda, etc que impulsaron las “caceroleadas” a partir del mes de agosto.
            Las movilizaciones tuvieron su punto culminante en la concentración realizada en el Obelisco de los Constituyentes el 27 de noviembre. En ese acto se reunieron más de 400 mil personas que escucharon una proclama leída por el actor Alberto Candeau. En el acto había un estrado donde se ubicaron las principales figuras de la oposición a al dictadura; lo novedoso fue además de las figuras políticas de los partidos tradicionales, también se encontraba figuras de la izquierda.
            Pero a pesar de las manifestaciones en conjunto realizadas por todos los partidos, se comenzaban a notar diferentes enfoques sobre la “salida” de la dictadura entre blancos y colorados. Era evidente que los militares buscaban la mejor salida para él, es decir alejarse del poder sin tener que rendir cuentas. Los colorados, con Sanguinetti perfilándose como máximo líder buscaban una salida negociada y moderada que implicaba aceptar algunos de los planteos militares. Por su parte la mayoría blanca  quería negociar desde una posición de fuerza y ponía como condición para cualquier diálogo la desproscripción de Wilson Ferreira. Sanguinetti le comunicó a Ferreira en una reunión que tuvieron en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) que el P. Colorado estaba dispuesto a llegar a un acuerdo con los militares, aún sin el P. Nacional. Pero no parecía legítimo un acuerdo sólo con los colorados. La Unión Cívica era otro de los partidos habilitados pero tenía escaso respaldo popular, por lo tanto no era suficiente su participación en un posible acuerdo. Por otro lado no se podía negar la existencia de la izquierda en la calle, aunque seguía proscripta. Podemos especular que la estrategia de quienes querían una salida negociada apuntó a permitir la actividad de cierta parte de la izquierda para tener otro partido para dialogar y posiblemente acordar.

            1984: EL AÑO DE LA SALIDA
            En marzo de 1984 se produjo la liberación de Liber Seregni. En sus primeas palabras desde el balcón de su apartamento anunció, refiriéndose al Frente Amplio, “somos una fuerza pacífica y pacificadora”, dando a entender la posibilidad de integrar a la izquierda en el diálogo para la salida de la dictadura.
            El P. Nacional dio a conocer su intención de recoger firmas para convocar a un plebiscito para reformar la constitución. Tanto el P. Colorado como la izquierda no estuvieron de acuerdo. Entonces el P. Nacional anunció que no iba a seguir negociando y que no haría ningún acuerdo si se mantenían las proscripciones. Wilson Ferreira que se había trasladado desde Londres a Buenos Aires, anunció su pronto regreso al país, a pesar de había una orden de captura contra él. Los colorados consideraron que la actitud de confrontación de Ferreira podía perjudicar el diálogo y favorecer a los sectores duros del gobierno.
            El 16 de junio Ferreira regresó al país. Un gran despliegue militar esperó su llegada al puerto de Montevideo; fue detenido y recluido en un cuartel en Florida. Algunos blancos esperaban que la llegada de Ferreira provocaría tal conmoción que provocaría la caída de la dictadura. Pero no sucedió así. los colorados mantuvieron su actitud negociadora y los militares, que se habían opuesto a la posibilidad de que la izquierda volviera a existir, se dieron cuenta que necesitaban otro sector político que participara de los posibles acuerdos. Empezaron a considerar la posibilidad de que algunos sectores del Frente Amplio fueran permitidos e incluidos en el diálogo.
            En julio se reinició el diálogo entre los militares y los representantes del P. Colorado, la Unión Cívica y de algunos sectores del Frente Amplio (P. Socialista y Partido Demócrata Cristiano). Las reuniones se realizaron por casi un mes y culminaron en un acuerdo realizado en el Club Naval. En noviembre se realizarían elecciones y se harían algunas reformas transitorias a la constitución referidas al ascenso de los oficiales militares y la designación de los comandantes de las tres armas. Los sectores políticos solicitaron la libertad de Ferreira para que el P. Nacional se incorporara al acuerdo, pero los militares respondieron que era la justicia militar la que debía resolver. No se trató el tema de la violación de los derechos humanos, pero en la opinión de los militares no había posibilidad de “revisión” de lo que ellos llamaban “la lucha antisubversiva”.
            El acuerdo fue rechazado por el P. Nacional que habló de un “pacto del Club Naval” entre Sanguinetti y Hugo Medina (Comandante del Ejército) para dejar afuera de las elecciones a Ferreira y facilitar el triunfo del P. Colorado. A cambio, decía el P. Nacional, Sanguinetti hizo concesiones a los militares que significaban reconocer la dictadura. Acusó al Frente Amplio de haber prestado apoyo a ese “pacto”.
            El P. Colorado consideraba que el acuerdo logrado era el único camino responsable para salir de la dictadura, ya que si no había acuerdo los militares seguían en el poder.
            Para el Frente Amplio el diálogo y el acuerdo con los militares era la forma de recuperar su legalidad y participar de la toma de decisiones. Si bien mantenía varios sectores y muchos dirigentes proscriptos (como Seregni), recuperaba la posibilidad de actuar públicamente y salir de la clandestinidad.
           
LAS ELECCIONES DE 1984
            El 15 de agosto de 1984 se dictó el Acto Institucional 19 que recogía el acuerdo entre los militares y los partidos políticos (Colorado, Frente Amplio, Unión Cívica). Allí se establecía la convocatoria a elecciones para el mes de noviembre y las normas transitorias que se agregarían a la Constitución.
            En esa misma fecha se creó la Concertación Nacional Programática (CONAPRO), organismo integrado por los partidos políticos y organizaciones sociales con el objetivo de establecer objetivos comunes en economía, educación, salud, etc que llevaría acabo el futuro gobierno.
            Para las elecciones presidenciales el P. Colorado presentó dos candidaturas: Sanguinetti (con Enrique Tarigo como vice) que reunía a los sectores batllistas y Jorge Pacheco Areco.  En el P. Nacional se presentaron tres candidatos. El sector mayoritario (Movimientos Por la Patria y de Rocha) al tener a su lider Ferreira preso y proscripto, designó como candidato a Alberto Zumarán (acompañado de Gonzalo Aguirre a la vice-presidencia). Además eran candidatos Dardo Ortiz (por sectores herreristas) y Carlos Paysée (último intendente de Montevideo durante la dictadura y claramente identificado con ésta). El Frente Amplio que tenía a su lider Seregni proscripto, presentó como candidato a José Crotoggini acompañado por José D’Elía, dirigente de la CNT.
            Las elecciones del 25 de noviembre le dieron el triunfo al P. Colorado y dentro de él a Sanguinetti Su candidatura recogió muchos votos extrapartidarios (seguramente blancos) que lo veían como el único garante de una salida moderada y pacífica. Su campaña publicitaria en la que se mostraba como “el cambio en paz” atraía votantes que querían cambios pero no sobresaltos. El P. Nacional perdió votos: porque muchos blancos se asustaron por el nivel de enfrentamiento con los militares y porque Zumarán no pudo suplantar el carisma de Ferreira. Este fue liberado 5 días después de las elecciones.
            El Frente Amplio se mantuvo como tercera fuerza política afirmando su presencia en el mapa electoral a aunque muchos de sus dirigentes estaban aún proscritos y a pesar de la persecución que sufrió durante la dictadura.




LA ECONOMÍA DURANTE LA DICTADURA
           
             La evolución de la economía durante la dictadura se puede dividir en tres etapas.

            PRIMERA ETAPA: LAS REGLAS DEL MERCADO (1974-78)
            Antes del golpe de estado, en 1972, la Oficina de Planeamiento y Presupuesto había elaborado un Plan Nacional de desarrollo para ser aplicado por cinco años. El plan se basaba en las ideas del neoliberalismo. Era la adaptación de las viejas ideas del liberalismo del siglo XVIII según las cuales la economía se autoregula  o está regulada por leyes naturales (como la ley de oferta y demanda), con las que el estado no debe interferir. “El mercado debe ser el asignador de recursos”, es decir que el mercado (todos los individuos que forman parte de una sociedad) a través de lo que hacen (consumo, trabajo, inversiones) establecen los pecios de los productos, el salario, etc.
            El plan elaborado en 1972 consideraba que la economía uruguaya se había estancado por la perdida de importancia del mercado frente al estado y por la desvinculación del Uruguay a lo que pasaba en la economía mundial. Proponía devolver al mercado su rol en la asignación de recursos disminuyendo la actividad del estado y que los agentes productivos (empresarios, trabajadores, etc) tomaran libremente sus decisiones. Había que abrir la economía del país (apertura económica) al comercio y a las inversiones internacionales eliminando impuestos aduaneros y trabas legales.
            Este plan, elaborado para el gobierno de Bordaberry, fue implementado por este mismo presidente luego del golpe de estado a través del Ministro de Economía Alejandro Vegh Villegas.
Se inició la apertura económica con la libertad de cambio de moneda extranjera y de movimientos de capitales. En marzo de 1976 se decretó el fin del uso forzoso del peso dentro del país, abriendo camino para la “dolarización”. Para las importaciones se eliminó la obligación de los importadores de hacer un depósito previo y se redujeron los impuestos aduaneros.
            Se favoreció a las inversiones extranjeras, al dejarles libertad para disponer de sus ganancias (podían retirarlas del país).
            Se intentó promover las industrias en el sector de las exportaciones no tradicionales, como una forma de aumentar las ventas al exterior ante el estancamiento de las exportaciones tradicionales. La Comunidad Económica Europea había tomado medidas proteccionistas cerrando sus mercados al ingreso de carne perjudicando las exportaciones de Uruguay. Antes con lo obtenido por la exportación de carne se podía pagar buena parte del petróleo importado. Pero con el aumento del precio del petróleo y la caída de las exportaciones de carne hubo que recurrir a las reservas en dólares para pagar las cuentas.
            El gobierno fijó los salarios y las jubilaciones, mientras los precios de los productos se fueron liberando. En 1974 había precios fijados al 94% de los productos de la canasta familiar; en 1978 se habían reducido al  51% de esos productos. Al quedar libres algunos de esos precios aumentaron, mientras los salarios, sólo aumentaban cuando el gobierno lo decidía. Y el gobierno decidía escasos aumentos salariales porque se basaba en la idea neoliberal de que el aumento de salarios podía provocar  un exceso de circulante  (dinero disponible) y esto llevaría a la inflación (aumento de precios). Hay que tener en cuenta que los sindicatos estaban prohibidos y los trabajadores no podían organizarse para hacer reclamos.
            Si observamos los resultados vemos un crecimiento del producto bruto interno (3,8% anual) que se dio especialmente en la construcción, el comercio y en la industria textil, de aparatos eléctricos y papel. Aumentaron las exportaciones no tradicionales (del 38% al 70%). También aumentaron las importaciones por lo que se mantuvo el déficit de la balanza comercial. Hubo un aumento de las inversiones extranjeras, destacándose el ingreso de capitales argentinos en negocios inmobiliarios que provocaron el “boom” de la construcción en Punta del Este. Aumentó la deuda externa, bajó la inflación y también bajaron los salarios.

            SEGUNDA ETAPA: LA TABLITA (1978-1982)
            La segunda etapa corresponde al período en que el Ministerio de Economía estuvo a cargo de Valentín Arismendi tras la renuncia de Alejandro Vegh Villegas.
            Para abrir más la economía del Uruguay al exterior se siguieron bajando los impuestos aduaneros y además se redujeron los subsidios a las industrias nacionales, para que estas se vieran obligadas a “ser eficientes” y competir con las importaciones sin apoyo estatal.
            Se utilizó un sistema de fijación del valor oficial del cambio de dólares (el valor que el estado le daba a esa moneda en territorio nacional) preanunciando su valor a futuro. De esta manera alguien se podía endeudar en dólares con la tranquilidad de saber cuando valdría el dólar en los siguientes meses. Este sistema de fijación anticipada del dólar se conoció popularmente como “la tablita”. Como el valor del dólar de la tablita aumentó menos que los precios dentro del Uruguay, aumentaron las importaciones.
            Se privilegió la actividad financiera (bancaria). Se eliminaron los encajes bancarios obligatorios (cantidad mínima de dinero que los bancos debían siempre mantener en depósito), se amplió el posibilidad de endeudamiento e los bancos y se liberó la tasa de interés. Los bancos aumentaron las tasa de interés que pagaban por los depósitos lo cual atrajo depositantes de adentro y fuera del país. De esta manera se favorecía la especulación sobre la producción porque muchos capitales se depositaron para obtener una tasa más alta de ganancia en los bancos en lugar de invertirlos en industrias, comercio, etc. Los depósitos en los bancos se hacían en dólares y los préstamos de los bancos también se hacían en esa moneda.
            El producto bruto interno siguió creciendo como en la etapa anterior, pero por el mantenimiento de las construcciones privadas en Punta del este y Montevideo y  por las obras públicas (como la represa de Salto Grande) mientras caía la producción industrial.
            En 1982 dejaron de ingresar capitales extranjeros. El déficit del estado (gastos) era importante. El sector productivo especialmente pequeños y medianos productores agropecuarios e industriales, se había endeudado en dólares. Debido alas altas tasas de interés y la caída de sus ventas esos productores no pudieron pagar los préstamos y los bancos pidieron ayuda al estado para que se hiciera cargo de esas deudas. El Banco Central así lo hizo (la compra de carteras pesadas). Como lo expresa el historiador Benjamín Nahum los bancos privados, para salvarse del desastre reclamaron el salvataje del estado que, según esos mismos bancos y las ideas sostenidas desde el gobierno, no debía intervenir en la economía para que esta funcionara “naturalmente”.
            Al hacerse cargo de esas deudas y salvar  a los bancos el estado se endeudó aún más con el exterior. Finalmente, en noviembre de 1982, días antes de las elecciones internas de los partidos, convocadas por la dictadura, el Ministerio de Economía anunció el fin de la tablita, o sea el fin del valor del dólar prefijado. El valor del dólar aumentó inmediatamente, pasando en dos días de 13 a 39 pesos. Días antes, entrevistado el ministro Arismendi sobre la posibilidad que el dólar subiera había dicho enfáticamente “sólo un marciano puede creer eso”.
            El aumento del dólar perjudicó a todos aquellos que se habían endeudado en esta moneda, tanto productores con préstamos bancarios como consumidores que habían comprado a plazos. Cientos de empresas quebraron.

            TERCERA ETAPA: EL DESASTRE (1982-1984)
            La elevada deuda externa obligó al gobierno a refinanciarla a través del FMI. En febrero de 1983 se firmó un acuerdo con este organismo donde Uruguay aceptaba las “recetas” que aquel imponía a los países endeudados: obtener un equilibrio en el presupuesto, limitar los gastos del estado disminuyendo la asistencia social (salud, educación, etc), comprimir los salarios (no aumentar los salarios, mantenerlos por debajo de la inflación), controlar la cantidad de dinero circulante, evitar el proteccionismo. Para cumplir con estas recomendaciones el gobierno dictatorial aumentó el impuesto al consumo (IVA) que pasó del 8 al 12%; aumentó las tarifas públicas (entre 25 y 50%); se redujeron los impuestos aduaneros.
            En estos dos años finales de la dictadura se vieron las consecuencias de la “crisis de la tablita”: disminuyó la producción (en el sector industrial un 25%), el salario real descendió un 20% en 1983, disminuyó el consumo provocando la caída de las importaciones (lo que permitió el superávit comercial), muchos depósitos bancarios se fueron el país al bajar los intereses y aumentó la deuda externa ( mil millones de dólares en 1984, lo que equivalía a las exportaciones de 5 años).

            El gobierno decidió no pagar los vencimientos y refinanciar pagando interese más altos, lo que significaba pasar la enorme deuda para los futuros gobiernos.