El Uruguay del 900
LA INMIGRACIÓN
Después de la independencia y a medida que los países americanos fueron
evolucionando, se fue creando en Europa un creciente interés por trasladarse
hacia América.
Los factores que impulsaron las migraciones europeas fueron varios:
1) La ruina de las pequeñas industrias familiares que no pudieron
competir con las fábricas.
2) La ruina de los artesanos que tampoco podían competir con las
fábricas.
3) La desocupación masiva en el campo generada por el cercamiento y la
mecanización del trabajo agrícola.
4) Las oleadas de desocupación en las fábricas cuando alguna innovación
técnica (una nueva máquina) quitaba trabajo a los obreros.
5) Las crisis de superproducción que obligaba a los fabricantes a
despedir personal.
6) Las persecuciones políticas, sindicales o religiosas.
La mayor rapidez y seguridad del transporte marítimo con la navegación a
vapor y el abaratamiento de los pasajes favorecieron la migración. Los países
americanos estimularon el traslado de inmigrantes porque necesitaban mano de
obra e incluso se formaban empresas para traerlos y les pagaban el pasaje a
cambio de trabajar cuando se instalaran en América. A veces se cometían abusos
y los inmigrantes transformaban en “esclavos blancos”. Empresarios inescrupulosos
contrataban barcos antiguos y pequeños donde traían a los inmigrantes sobre la
cubierta en malas condiciones y como si fueran parte de la carga.
Los países europeos veían con buenos ojos la salida de población de sus
territorios porque:
- desahogaba las presiones internas sobretodo en momentos de crisis.
- los inmigrantes que instalados en otros continentes progresaban
económicamente querían comprar productos europeos y se transformaban en nuevos
mercados de consumo.
LAS PRIMERAS ETAPAS
La emigración hacia nuestro país comenzó a ser importante hacia el año
1834. Entre 1835 y 1842 ingresaron 17 mil franceses, 12 mil italianos y más de
10 mil españoles. Hubo proyectos para favorecer el ingreso de inmigrantes.
Samuel Lafone presentó un proyecto por el cual se encargaba de traer
inmigrantes vascos si el estado uruguayo le pagaba y le permitía comprar
tierras pagándolas con títulos de deuda. El estado recibiría luego, a largo
plazo, la devolución del dinero gastado, comprometiéndose los inmigrantes a
pagar los pasajes en dos años. El proyecto no fue autorizado por la Asamblea
General al considerarlo oneroso.
Otro proyecto fue el de crear una ciudad en la zona del Cerro de
Montevideo con inmigrantes, a la que se llamaría Cosmópolis. Se dividió la
tierra en chacras pero el proyecto se prolongó en el tiempo por la falta de
interesados.
En estos primeros años de ingreso de inmigrantes la inmigración
espontánea fue más que la organizada; el estado no seleccionó ni distribuyó a
los inmigrantes. Esto tuvo como consecuencia que la inmigración no fuera en
muchos casos tan calificada como era deseable y que su asentamiento no se
hiciera en todo el territorio del país, concentrándose en Montevideo.
Durante la Guerra Grande, no solamente se interrumpió la inmigración,
sino que muchos extranjeros se retiraron del país. Durante la guerra fue
evidente la concentración de los inmigrantes en la ciudad de Montevideo, ya que
la mayoría de la población y la mayoría de los integrantes del ejército del
Gobierno de la Defensa, eran extranjeros, destacándose por su número los
franceses.
LA INMIGRACIÓN EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO
Después de terminada la guerra recomienza la inmigración. Durante la
guerra y en los años que la siguieron se produjo una inmigración muy especial
que fue la de brasileños que se establecían en la zona norte del Uruguay cerca
de la frontera con Brasil. Esta inmigración creó más dificultades que
beneficios. En muchos casos se trataba de estancieros que compraron campos
aprovechando su bajo valor durante la guerra. Estos estancieros llevaban ganado
hacia sus estancias del lado brasileño disminuyendo los anímales del lado
uruguayo y perjudicando a los saladeros que colocaban su producción en Brasil.
Además no cumplían con las leyes del Uruguay y ante cualquier problema que
tuvieran con el estado oriental, se presentaban ante las autoridades de Brasil
para que estas presionaran sobre el gobierno uruguayo. A pesar de que la
esclavitud había sido abolida (en 1842, aunque desde 1830 había ya libertad de
vientres y no se permitía la introducción de nuevos esclavos) los propietarios
brasileños usaban como peones mano de obra esclava.
En 1860 el diputado José Vázquez Sagastume denunciaba en el Poder
Legislativo que: “ la ciudadanía oriental se está perdiendo en el norte
del Río Negro... los usos, costumbres, el idioma, el modo de ser, todos es
brasileño; puede decirse que es una continuación de Río Grande del Sur”.
En el transcurso de la segunda mitad del siglo hubo un cambio en la
procedencia de los inmigrantes aumentando la presencia de españoles e
italianos. La mayor parte de los españoles procedían de las islas Canarias,
Galicia, las provincias vascas y Cataluña. En cuanto a los italianos muchos
eran de Génova y de los territorios del sur (Calabria, Nápoles).
Para que los
europeos se afincaran en el Uruguay, había que resolver los problemas del
transporte, alojamiento y trabajo. Como había pasado en los primeros años de
vida independiente hubo escasa intervención gubernativa; del
estímulo a la inmigración y organizar su traslado se encargaban particulares.
Lo tomaban como un negocio, organizándose empresas de inmigración y
colonización que a veces terminaban siendo maniobras especulativas. Como el
estado no ejercía ningún control, había todo tipo de abusos: especulación con
tierras, explotación de los inmigrantes, falta de selección de loa inmigrantes.
La mayoría de los inmigrantes procedían de países técnicamente atrasados y eran
mano de obra inexperta o no especializada, por lo tanto su aporte no era el
mejor.
Es difícil precisar con exactitud cuáles fueron las ocupaciones a que se
dedicaron con preferencia los inmigrantes. En parte dependió de su condición
económica, pues una mayoría llegó sin capital, dispuestos a trabajar en
cualquier actividad, hubo una minoría que, poseedores de algún dinero,
adquirieron tierras o pusieron alguna empresa y trabajaron por su cuenta.
También hay que tener en cuenta que muchos inmigrantes no venían con la
intención de radicarse definitivamente, sino conseguir dinero y regresar a su
país de origen. Pero las condiciones no siempre fueron favorables para su
regreso y se quedaban para siempre.
La inmigración italiana se dedicó especialmente a la agricultura,
constituyendo la población de quinteros alrededor de Montevideo y en Canelones.
La inmigración española, especialmente la de Galicia, trabajó en el comercio
minorista y como peones en los depósitos de lana y el puerto. Las mujeres
gallegas se emplearon en el servicio doméstico. Los vascos, tanto españoles
como franceses, tuvieron una importante participación en la explotación del
ganado lechero.
La inmigración inglesa no fue muy numerosa pero fue importante su
participación en el desarrollo económico. En el campo participaron en la
modernización de las estancias, ya que invirtieron su dinero en la mestización
y la cría de ovejas. En Montevideo dominó el comercio de importación. También
fue importante su presencia vinculada a la instalación del ferrocarril, el gas,
los tranvías y los teléfonos.
La escasa intervención del estado se manifestó en la búsqueda de
integrar la inmigración con el trabajo agrícola. Después de la Guerra Grande
hubo varios intentos de radicar inmigrantes en la campaña desarrollando la
agricultura, lo cual se hacía con varios objetivos:
a) Mejorar la producción en un rubro hasta el momento inexplotado como
era la agricultura.
b) Sedentarizar la población errante del interior.
c) Pacificar la campaña, ya que se consideraba que las condiciones de
explotación ganadera extensiva habían generado la presencia del gaucho y se veía
a este como un elemento de inestabilidad.
En 1851, el médico francés Augusto Brougnes publicó un folleto en el que
expresaba: “ ...pocos años serían suficientes para lograr la
prosperidad, sin hacer otra cosa más que entregar una parte del territorio a la
inteligente actividad de la inmigración agrícola europea, pues está comprobado
hasta la evidencia que las grandes naciones sacan hoy sus recursos de la
agricultura”. Ponía como ejemplo el caso de Estados Unidos y señalaba
que su desarrollo se debía a la presencia de inmigrantes dedicados a la
agricultura.
Otro francés, el Ingeniero Penot, que acompañó al Presidente Giró en una
gira que este realizó por la campaña, destacaba el papel pacificador que
tendría la agricultura:” ... aproximad al hombre que vive de la nada y que
de nada se sustenta, aproximadle al bienestar social, dejadle penetrar nociones
de bien y de mal y vacilará en saquear los campos sembrados”.
Durante la presidencia de Giró se crearon varias sociedades interesadas
en el establecimiento de inmigrantes agricultores en la zona del litoral. Por
ejemplo hubo un proyecto de instalar una colonia de cría de ovejas merino y
chacras de dieciséis hectáreas en la zona de Carmelo, habilitándose este puerto
para que los inmigrantes introdujeran, sin pagar impuestos, artículos
destinados a su establecimiento. También hubo un proyecto para radicar en los
alrededores de las ciudades a las familias que habían quedado dispersas por la
Guerra Grande. Pero la caída del gobierno de Giró puso fin a estos y otros planes.
Durante las presidencias de Bernardo Berro y Gabriel Pereira se intentó
la creación de colonias y pueblos en la zona de la frontera con Brasil para
intentar detener el establecimiento de población de aquel origen. Se temía que
de seguir aumentando la presencia de brasileños al norte del Río Negro, aquel
territorio pasaría a manos de Brasil.
Pero la inestabilidad política, la falta de tierras públicas para ubicar
a los inmigrantes y los escasos recursos del estado, dificultaron los intentos.
Sólo dos proyectos de instalar colonias agrícolas con inmigrantes tuvieron
éxito: Colonia Valdense (1858) y Colonia Suiza (!861).
Recién en 1890 el estado va intervenir directamente en la regulación de
la llegada de inmigrantes al crearse la Dirección General de Inmigración. La
ley que creó a este organismo también establecía que se le darían facilidades a
los inmigrantes para el pago de sus pasajes, atenciones gratuitas para sus
primeros tiempos de radicación, colocación y traslado al lugar de trabajo. La
ley también establecía discriminaciones: se impedía la entrada de africanos,
asiáticos y gitanos.
CONSECUENCIAS DE LA INMIGRACIÓN
1) Aumentó
la población.- La consecuencia directa y más visible de todo
proceso de inmigración es el aumento de población del país que recibe a los
inmigrantes.
Entre 1886 y 1890 se produjo el ingreso mayor de inmigrantes. A partir
de 1890, año en que se hacen sentir los efectos de una fuerte crisis económica,
hay un disminución del ingreso de inmigrantes e incluso la salida de muchos de
ellos con destinos a otros países de América, en particular hacia Argentina.
Luego, hacia 1900, el ingreso se reanudó.
Los extranjeros de origen europeo se radicaron con preferencia en
Montevideo, contribuyendo al crecimiento de la capital, alcanzando porcentajes
de cerca del 50% de la población de la capital. Por lo tanto la inmigración
colaboró con el macrocefalismo del Uruguay.
2) Impulsó el desarrollo económico.- Los
extranjeros radicados en Uruguay favorecieron el desarrollo económico. El
aumento de la población provocó el aumento del consumo, generando un mercado
interno que debía ser alimentado, vestido, etc, creciendo la demanda de
productos que motivó a una mayor producción. Además los inmigrantes demostraron
capacidad de trabajo y superación. Aunque la mayoría no poseía técnicas ni
conocimientos desarrollados, la necesidad de sobrevivir los impulsó a realizar
cualquier tarea, ser innovadores, ahorrativos e invertir sus ahorros en
pequeñas empresas que les permitiera ascender socialmente. La frustración de
muchos al no poder regresar a Europa fue sustituida por la posibilidad de ser
parte de las clases dirigentes locales. Esto difícilmente se lograba en la
primer generación de recién llegados, pero sus descendientes podían lograrlo.
La vinculación de los inmigrantes con el desarrollo
económico se observa sobretodo en la inmigración inglesa, francesa y alemana.
Los europeos que se alejaban de sus costumbres y se establecían en países
lejanos y desconocidos poseían un espíritu de iniciativa fuera de lo común. El
gusto por la aventura y el riesgo se mezcló con la iniciativa empresarial
de una mentalidad capitalista desarrollada. Sus inversiones en el campo y sus
intentos exitosos de innovar en la explotación ganadera (cría de ovinos,
mestización, cercos) influyó en la toma de conciencia de muchos estancieros
nacionales de que la estancia era una empresa y no un feudo patriarcal.
3) Consecuencias culturales y políticas.- De la
comparación con otros países de América resulta que Uruguay tuvo el porcentaje mayor
de inmigrantes si los comparamos con la población nacional: 44% en 1860. El
alto porcentaje de población extranjera y el hecho de que llegaran
tempranamente a un país nuevo, permitió una rápida asimilación de los recién
llegados. Afirma Germán Rama que en realidad no hubo una asimilación
de los extranjeros sino que “... la sociedad receptora fue ahogada por
las migraciones... En vez de asimilación es necesario hablar de fusión de dos
grupos en una nueva sociedad cuyas características no fueron propias ni de la
sociedad receptora ni de los grupos migrados...”
La sociedad uruguaya, carente de una cultura indígena como los países
andinos, fue creando su cultura, su forma de vida con los aportes de las
migraciones. Desde las festividades religiosas y las supersticiones ( fiesta de
San Cono, hogueras de San Juan, etc) hasta los alimentos (la pastas y la
polenta introducidos por los italianos, etc) se puede observar la influencia de
los inmigrantes. También fue significativo su aporte en lo ideológico y político:
los inmigrantes europeos introdujeron en América el socialismo, el anarquismo y
las primeras organizaciones obreras.
Para el historiador Ricardo Martínez Ces la inmigración cumplió un papel
relevante en el triunfo del modelo batllista a comienzos del siglo XX. Según
este autor los inmigrantes que venían huyendo de Europa donde se les negaba la
posibilidad de ascenso social encontraban en Uruguay la posibilidad del
cambio. “...Escapar a la suerte de campesino en el pequeño pueblo
español o italiano, escapar del cruel y rígido servicio militar, escapar a la
miseria y desocupación e incluso escapar de la propia familia y venir a dar a
un país donde se podía empezar de nuevo, dónde había épocas en las que hasta
era posible ahorrar libras esterlinas, fueron circunstancias como para hacer
renacer la fe en la bondad humana. Hasta la carne, alimento de las clases
privilegiadas en Europa, aquí se podía comer todos los días... El inmigrante
que llegaba a hacer plata debía sentirse como si hubiera entrado en una sucursal
del paraíso, lugar donde la gente además de justa era feliz...”
El período de predominio político de Batlle y Ordoñez (1903-1929),
coincidente con un período de prosperidad económica, permitió a los inmigrantes
progresar y ascender de clase e incluso a tener la posibilidad de que sus hijos
concurrieran a la Universidad. Esto dio a los inmigrantes, según Martínez Ces,
la ilusión de llegar a ser alguien. Y aunque no llegaran a serlo la ilusión
mantenía latentes las esperanzas.
LA SOCIEDAD URBANA
LA SOCIEDAD URBANA
Al concluir el siglo XIX los cambios demográficos anunciaban las nuevas
formas de vida de la sociedad uruguaya. Se estaba produciendo definitivamente
la inserción del país en los marcos del orden internacional diseñado y dirigido
por Inglaterra (la modernización) sustituyendose la sociedad oriental por
una nueva sociedad que comenzaba a llamarseuruguaya, donde gran parte de
sus miembros eran hijos de inmigrantes.
Al finalizar el siglo se había producido una modificación en la relación
entre la ciudad-puerto (Montevideo) y la pradera (la campaña) con el triunfo
definitivo de la primera. El proceso iniciado por los gobiernos autoritarios
(1875-86) había consolidado el aparato administrativo del estado, asegurando la
vigencia del orden a través de la ley (códigos Civil, de Procedimiento Civil y
Penal, Rural, Comercial y de Minería) y de la fuerza (organización del ejército
y de la policía) y unificando el país con el desarrollo de las comunicaciones
(correo, telégrafo, ferrocarril). La estancia-empresa se imponía sobre la
estancia cimarrona modificando los procesos productivos y las relaciones
laborales.
Cada vez más la ciudad-puerto de Montevideo irá haciéndose el centro de
las actividades principales, imponiendo las formas de comportamiento, la
cultura y la educación que introduce desde Europa. Es el triunfo de la
“civilización”.
LA “GENTE PRINCIPAL”
La clase alta residía en Montevideo. Estaba formada por la unión de los
descendientes del antiguo patriciado con nuevos ricos e inmigrantes o hijos de
inmigrantes que habían hecho fortuna. La integraban grandes terratenientes,
grandes comerciantes e industriales, banqueros, gerentes y abogados de las
empresas extranjeras. En muchas casos tenían actividades múltiples y era fácil
encontrar comerciantes con estancia, acaudalados comerciantes dueños de
saladeros, estancieros que eran dueños de barracas de lanas, etc.
Según Reyes Abadie y Vázquez Romero, los grandes estancieros eran sólo
el 2% de todos los habitantes del campo pero eran dueños del 40% de las
tierras. Muchos de ellos residían en Montevideo en forma permanente o
alternaban su vida entre la campaña y la capital.
Los grandes comerciantes eran importadores y exportadores, hacían
fortunas en las épocas en que se liberalizaba el comercio y aumentaban las
importaciones de productos suntuarios. Eran enemigos del proteccionismo y en
ese punto chocaban con los industriales.
Los grandes industriales eran los recién llegados. Una sociedad que
durante mucho tiempo había despreciado las tareas manuales y todo lo vinculado
a ellas aún miraba con recelo a estos nuevos ricos. Pero estos, generalmente
inmigrantes, ya no eran artesanos independientes que trabajaban en sus talleres
a la par de sus obreros. Hacia fines de siglo algunas industrias han
enriquecido a sus propietarios y estos pasan a ser cada vez más respetados.
A estos sectores hay que agregar a los gerentes y administradores de las
empresas inglesas establecidas en Uruguay. Dicen Barrán y Nahum: “Había
en Montevideo una colonia británica con su club y su escuela exclusivos, su
periódico “The Montevideo Times”, y su Iglesia Anglicana, el llamado Templo
Inglés. Múltiples lazos se anudaron entre los inversores extranjeros y el
capital nativo. Ambos tenían parte de su dinero colocado en títulos de deuda
pública y por eso les interesaba la marcha de las finanzas y en manos de quien
estaba la conducción del Estado. Ambos defendían principios similares sobre los
que basaban su lucro y su concepción del mundo: libertad económica, horror a
las reglamentaciones estatales y en particular al socialismo bajo todas las
formas conocidas...”
Agregan los citados autores que los integrantes de esta oligarquía
criolla frecuentaban los mismos lugares, los “aristocratizantes” Club Uruguay y
Jockey Club, las funciones de ópera del Teatro Solís, las fiestas dadas por las
damas de la misma clase social. La mayoría enviaba a sus hijos a colegios
privados y a menudo religiosos, aunque consideraban que la religión era “cosa
de mujeres”. Así los miembros de la clase principal“... se conocían, intimaban
y, por fin, se unían”.
Esta clase alta imitaba los gustos y las modas europeas. A diferencia
del antiguo patriciado, sencillo y austero, la “gente principal” de fines del
siglo XIX tenía necesidad de hacer visible su status. Por eso su
afán se lucir su casa, ricamente amueblada y decorada. El desvelo por la
decoración era un reflejo de la moda europea y era impulsada por intereses
comerciales, transformando la casa en una especie de espectáculo, variado y
recargado, con muebles, cuadros, estatuas, jarrones, porcelanas, cortinados,
etc. La ostentación de la riqueza se conseguía a través de la calidad de los
materiales; quien se preciara de ser rico tenía objetos de laca, ébano, marfil,
mármol y plata.
Las diferencias sociales se podían observar no sólo en las casa y en la
vestimenta. En la principal calle de Montevideo, Sarandí entre la Plaza
Constitución y la Plaza Independencia, se volcaban todas las clases sociales
para pasear y mirar vidrieras, pero la gente principal lo hacía por la acera
norte, hacia donde daban los mejores comercios, y el resto por la acera sur.
Pasear por calles y plazas era una costumbre extendida a todos los
sectores sociales. Pero la clase alta tenía más tiempo libre para hacerlo. Los
días domingos y de fiesta se visitaban los parques. La quinta del Buen Retiro,
luego conocido como Prado era un lugar preferido por las señoras de la clase
alta y sus hijas “en edad de merecer”. Llegaban allí en sus carruajes y
recorrían infinitas veces los senderos dl parque observadas por los mirones,
para regresar al atardecer por la Avenida Agraciada. Encorsetadas y rígidas
bajo sus enormes sombreros, las damas habían cumplido con el rito de “tomar
aire” y saludar a sus amistades; las jovencitas retornaban ruborosas comentando
los galanteos recibidos de los caballeros.
Las familias de clase alta concurrían a lo teatros donde ostentaban sus
joyas y vestidos. A fines de siglo había cuatro teatros en Montevideo y el
Solís era el más lujoso. Algunas de las divas del teatro europeo concurrieron a
representar obras en estos escenarios montevideanos, como Sara Bernhardt o
Eleonora Duce. Pero la ópera italiana era el espectáculo favorito. Las clases
altas argentinas crearon una nueva costumbre que rápidamente fue incorporada
por las familias de la “gente principal”: los balnearios. Familias argentinas
construyeron chalets en la playa de los Pocitos, donde la empresa del tranvía
había construido un hotel con terraza al mar e instalaciones para tomar baños.
Instalaciones similares se levantaron en la Playa Ramírez y en Capurro.
En las dos últimas décadas del siglo XIX se formaron barrios
residenciales donde pasaron a residir los integrantes de la clase alta que
hasta el momento residían en el centro. El Paso del Molino, el Puente de las
Duranas y el Prado fueron las zonas donde se levantaron magníficos edificios y
quintas espléndidas donde residían familias de renombre como los Farini, Fynn,
Victorica, Montero, Berro, Zorrilla, Paullier, Tajes, Salvo, Buxareo, Lussich,
Lavandeira, Maeso, Ramírez, etc
LAS CLASES MEDIAS
Los
sectores que las componían se caracterizaban por el acceso a ciertas
comodidades (cercanía del centro, viviendas con agua y luz y en algunas
ocasiones sirvientes), posibilidad de acceder a la educación media e incluso a
la superior y la seguridad de tener un sueldo (no depender de un jornal) o una
empresa propia aunque pequeña y no realizar tareas manuales. Se estima que para
fines del siglo XIX el 40% de los habitantes de Montevideo tenían esas
características. Pero las clases medias no eran homogéneas y había diversidad
de ingresos y comodidades.
En la parte más baja de estas clase medias se encontraban los empleados
de comercio y los empleados públicos. Estaban próximos a las clases bajas por
sus ingresos y sus largas jornadas de trabajo, pero intentaban diferenciarse de
aquellos y se consideraban distintos de los habitantes pobres de los suburbios,
“los orilleros”. Deseaban el ascenso social a través de un ascenso en su
trabajo o logrando que algún hijo cursara una carrera universitaria. Los
empleados públicos estaban sometidos a los vaivenes de los cambios de gobierno
y de los recursos que estos tenían, por lo tanto estaban sujetos a despidos,
atrasos en los pagos y rebajas en los sueldos. Era frecuente que el atraso en
cobrar los obligara a abandonar su trabajo o vender el “derecho al sueldo” a un
usurero. Según los periódicos de la época era frecuente el abandono del cargo
por parte de maestros y policías. Cuando el gobierno se encontraba
con problemas financieros un forma fácil de solucionarlo era bajando los gastos
despidiendo personal.
Los empleados privados tampoco tenían seguridad
de mantener su trabajo y eran frecuentes los despidos en represalia por hacer
reclamos u organizarse. Los empleados de comercio no tenían descanso semanal
porque se trabajaba todos los días. Comentaba un periódico en 1877 que “hay
empleados de comercio que hace tres meses que no salen de sus tiendas, no
teniendo un momento de paseo, no ya como goce natural y legítimo sino como una
condición higiénica”.
El sector medio de las clase medias estaba integrado por pequeños
comerciantes, almaceneros, panaderos, carniceros, muebleros, empleados públicos
con cierto rango (jefes de oficina, profesores, maestros) y profesionales que
iniciaban su labor y aún no tenían muchos clientes. Muchos de ellos no
dependían de un salario y se sentían partícipes de la sociedad esperando el
momento del salto hacia un mejor status. Los jerarcas públicos se consideraban
seguros en sus puestos de trabajo y alardeaban de su libertad de pensamiento;
algunos alardeaban de simpatizar ideas radicales, aunque la mayoría eran
votantes colorados ya que a este sector debían su puesto público ( hacia casi
medio siglo que el P. Colorado gobernaba). La mayoría de este sector vivía cerca
del centro de la ciudad.
El sector medio alto convivía en el centro con la clase alta; muchos
estaban vinculados por su actividad a la “gente principal”, como profesionales,
gerentes, comerciantes de cierta importancia, industriales en ascenso, etc. Trataban
de parecerse en gustos y costumbres a la clase alta, aunque a veces alguno de
sus integrantes mostraba actitudes de disconformidad con el sistema social,
sobre todo cuando se sentía despreciado por “los de arriba”.
LOS SECTORES POPULARES
Hacia el año
1900 los sectores de clase baja constituían el 50% e la población montevideana.
Lo integraban modestos quinteros y peones de las zonas suburbanas, artesanos y
obreros, sirvientes, soldados y policías, y se engrosaba permanentemente con
los inmigrantes procedentes del exterior y los que provenían de la campaña
desalojados por la modernización del campo.
Los que vivían en las zonas más alejadas del centro (las orillas)
compraban un solar y construían su modestas viviendas; era allí donde estaban
los centros de trabajo más importantes: los talleres del ferrocarril en
Peñarol, las curtiembres en Maroñas y Nuevo París o los saladeros en el Cerro y
el Pantanoso. También había sectores populares residiendo en el centro donde se
podía alquilar a bajo precio una pieza en las llamadas casas de inquilinato o
conventillos. Los conventillos unas veces eran edificios proyectados
para cumplir esa función, con el propósito de albergar en sus piezas a los
inmigrantes recién llegados al puerto y que aún no tenían ubicación definitiva.
En otros casos se trataba de antiguas casonas venidas a menos cuyas grandes
piezas eran divididas por tabiques de madera. Hacia fines de siglo había más de
mil conventillos en Montevideo, con unas 12 mil piezas donde se alojaban 30 mil
personas.
En el conventillo y en las orillas se van a encontrar dos tipos humanos
característicos de la clase baja: el “gringo” que era el inmigrante del
exterior, y el “compadrito”, que, las mayoría de las veces, era el inmigrante
del interior.
El gringo, se entregaba a todo tipo de trabajo, trataba de ahorrar en
base a sacrificios privándose de muchas comodidades, para instalarse por cuenta
propia y “salir adelante”. Si prosperaba ponía un “boliche” o compraba solares
baratos para hacer modestas construcciones y alquilarlas. Las ganancias
obtenidas eran ahorradas para seguir invirtiéndolas y comenzar a su ascenso
social.
El compadrito es el habitante de campo desplazado por el alambramiento y
la modernización del campo. Se siente atrapado entre el campo alambrado (que ya
no lo necesita) y la edificación del centro. Su ambiente natural es la orilla
de la ciudad, el arrabal, el “bajo”. Sin trabajo y despreciando las tareas
manuales de la ciudad, sin educación y sin posibilidades ciertas de cambiar de
vida, será un elemento marginal. Altanero y prepotente se siente obligado a
demostrar su valentía. El habitante del campo no necesitaba demostrar su coraje
porque lo demostraba en las tareas cotidianas, enlazando, domando, etc. Este
desplazado del campo a la ciudad, este gaucho sin caballo, compadrea, patotea y
“hace pinta”, presumiendo de su coraje, su destreza con el puñal o su facilidad
para atraer a las mujeres.
Estos dos elementos desplazados, los inmigrantes procedentes de Europa y
los campesinos expulsados del campo, pronto comenzaron a entenderse. Se
cruzaban en los patios de los conventillos o en los bailes de los arrabales.
Hubo un intercambio cultural que desembocó, por ejemplo en un lenguaje nuevo,
propio de ese ambiente de las orillas: el lunfardo, donde se mezclaba el idioma
español con palabras italianas deformadas. La música que identifica al Río de
la Plata, el tango, también le deberá mucho a esa mezcla.
Los obreros eran un sector en crecimiento a medida que crecía la
industria. La política proteccionista impulsada por las leyes aduaneras
llevaron a la inversión en pequeñas fábricas que generaron un nuevo tipo de
empleo: los trabajadores industriales. Sus condiciones de trabajo y nivel de
vida eran poco seguras ya que no había ningún tipo de protección al trabajador.
Los salarios dependían exclusivamente de la demanda y oferta y la inmigración
desde el exterior y desde el campo, presionaban los salarios hacia
abajo. Los horarios de trabajo promedio superaban las diez horas. En
1901 los tranviarios denunciaban que su trabajo era de 18 a 21 horas por día;
los obreros de los molinos trabajaban 15 horas por día. En los años 70 se
formaron los primeros sindicatos y en la década del 90 ocurrieron las primeras
grandes huelgas. Una de las principales aspiraciones era la de reducir la
jornada de trabajo.
Una de las principales fuentes de trabajo en la ciudad eran los
saladeros. El salario por hora del trabajador especializado en los saladeros
era elevado; pero como la faena era zafral, 6 o 7 meses en el año, apenas si podía
mantenerse durante el tiempo que el saladero no trabajaba. Para recibir más
salario en época de zafra debía trabajar a destajo, o sea durante muchas horas.
En 1908 un obrero indicaba en el diario “El Día”: “¿Qué importa que se
apruebe el proyecto del señor Batlle y Ordoñez y que la jornada de 8 horas sea
un hecho, si subsiste el trabajo a destajo? Poco o nada. Esta clase de trabajo
es un acicate de que se valen los patrones para hacer trabajar más, en menos
tiempo y con más economías para él. Del trabajo a destajo se valen para graduar
la resistencia de cada obrero y calculando por el que más resiste, fijan los
salarios por lo que aquel haya producido sin tener en cuenta que todos no
tienen las mismas aptitudes; de donde se sigue luego la selección, las envidias
que dividen a los obreros, la lucha entre sí por el puesto, y como consecuencia
la reducción del salario”.
La antigua costumbre de entregarle carne y un solar al obrero para que
hiciera su vivienda desapareció al acentuarse el rasgo capitalista de las
empresas. Con el frigorífico la carne se valorizó más y los saladeristas no
daban “ni la sangre de una res”. El alquiler de una vivienda se
convirtió en el gran gasto de los obreros. Las habitaciones de los conventillos
eran caras además de antihigiénicas. Un informe de 1908 señala que había un
promedio de tres personas de habitación, y en ella se dormía, cocinaba, lavaba
y tendía la ropa, careciendo de agua corriente, electricidad y baño
privado. La tina, el aljibe, el carbón y el querosene eran los recursos
utilizados. Si se necesitaban dos piezas por tener un número elevado de hijos,
cosa frecuente, el alquiler absorbía hasta el 40% del sueldo promedio de un
obrero.
EL MOVIMIENTO OBRERO EN URUGUAY
¿Cómo reaccionaron los trabajadores frente a los
problemas? Las reacciones fueron diversas. La primera y más común
fue la protesta espontánea y desorganizada. A ella recurrieron frecuentemente
los empleados públicos, por ejemplo los empleados municipales de Montevideo y
los empleados del Correo en 1873, los primeros por despidos y los segundos
pidiendo aumento de sueldo.
Un paso importante fue la creación sociedades de socorros mutuos o
mutuales. Su finalidad era prestar ayuda a los miembros enfermos o
imposibilitados de trabajar y para eso creaban un fondo común. La vinculación
entre los trabajadores que creaba el mutualismo y la experiencia común llevó a
las mutuales a transformarse en sindicatos. El fondo común se transformaba en
“caja de resistencia” cuando se producía una huelga y los trabajadores no
cobraban. Las primeras mutuales fueron las ya mencionadas de los tipógrafos y
la de los reposteros, la de los maestros, la de los albañiles, las de los
tapiceros, etc.
Otro
de los instrumentos usados por los trabajadores en sus reclamos fue la huelga.
La primera huelga conocida en Uruguay correspondió a los carpinteros en 1876
que reclamaban mejores salarios y el reconocimiento de su derecho a formar un
sindicato. En 1880 se produce la huelga de los mineros de Cuñapirú (Rivera)
contra las condiciones de trabajo impuestas por la empresa francesa que extraía
oro en esa zona. En 1884 se produce una huelga de fideeros que es llevada a
cabo por todo el gremio. En 1885 los tipógrafos se levantan en
huelgan reclamando la disminución del horario de trabajo que llegaba a 14 horas
diarias. Entre 1885 y 1895 hay una disminución del movimiento sindical y las
huelgas y reclamos prácticamente desaparecen, se vivían los momentos de
prosperidad y de ilusiones en el progreso (la “época de Reus”) previa a la
crisis de 1890. Ese año se conmemoró por primera vez en Uruguay el 1 de Mayo en
recuerdo a los “mártires de Chicago” pero los despidos y rebajas salariales que
provocó la crisis no estimularon la actividad sindical que se había
desorganizado. Recién en 1895 se vuelven a movilizar los sindicatos
produciendose huelgas en la industria del calzado y en la construcción,
reclamando aumento de salarios, reducción de la jornada de trabajo y
reconocimiento del sindicato como representante de los trabajadores. En 1896 se
desarrolla una huelga de portuarios que dura 26 días.
Para esa época las organizaciones de trabajadores no sólo se
dedicaban a hacer reclamos de mejoras en las condiciones de trabajo sino que,
por influencia de las corrientes anarquistas y marxistas, realizan fuertes
críticas a la sociedad y procuran generar una “ conciencia de
clase obrera” distinta a las otras clases sociales y con objetivos propios:
crear una sociedad sin explotación laboral. A partir de entonces la actividad
sindical tuvo un importante contenido ideológico, produciéndose incluso un
fuerte debate entre las distintas corrientes acerca de la mejor manera de
organizar a los trabajadores.
A comienzos del siglo XX el sindicalismo se organizo y levantó vuelo.
En 1901 y 1902 se organizan numerosas “sociedades de resistencia”, como
se llamaba a los sindicatos, cuyos reclamos giraban sobre dos
puntos: aumento salarial y reducción de la jornada de trabajo. El periódico
anarquista “Tribuna Libertaria” decía: “No hubo trabajador en
Montevideo que no se sintiera agitado por aquel soplo gigantesco de entusiasmo,
que como un primer formidable estremecimiento de lucha pasó por todo el
pueblo”. La publicación exageraba el apoyo popular que en realidad aún
era reducido, pero lo cierto es que se organizaron diversos sindicatos por
oficios: sastres, peones de barracas, albañiles, estibadores, foguistas,
peluqueros, curtidores, zapateros, carpinteros, planchadoras, panaderos, peones
de saladero, cortadores de carne entre otros.
Reclamando los dos puntos antes citados hubo huelgas entre los
trabajadores de la construcción que estaban reformando el puerto de Montevideo,
en los saladeros del Cerro y en la industria de la madera. En 1903 los
zapateros se levantan en huelga reclamando aumento de salario y los canillitas
hacen huelga contra “La Tribuna Popular” y “El Día” reclamando mejoras en las
condiciones de venta de esos diarios. Durante el conflicto la policía se
encargó de vender los diarios, hubo enfrentamientos callejeros resultando
herido de bala un canillita y hubo detenciones y castigos corporales en las
comisarías.
A diferencia de lo ocurrido en 1897, la guerra civil de 1904 no
interrumpió la actividad sindical. En 1905 se habían desarrollado sindicatos en
casi todas las industrias importantes de Montevideo (eso no quiere decir que
todos los trabajadores estuvieran afiliados) y además había sindicatos en
algunas ciudades del interior como Salto, San José, Paysandú y Mercedes. El
sindicato de trabajadores ferroviarios cumplía una función importante como nexo
entre los sindicatos de Montevideo y los del interior.
Desde sus orígenes la actividad sindical estuvo vinculada con las
llamadas ideologías obreras (“las ideas perturbadoras” como decían los
conservadores). A comienzos del siglo XX predominaba el anarquismo que había
llegado a nuestras costas con los inmigrantes españoles e italianos. Tenían una
interpretación radical de la lucha utilizando la acción directa y,
a diferencia de los socialistas, no impulsaban a los trabajadores a organizarse
en un partido político para acceder al gobierno. Aceptaban como única forma de
organización la federación voluntaria de trabajadores libres (de ahí que
también se les conociera como libertarios).
En marzo de 1905, por iniciativa de la Federación de Trabajadores del
Puerto de Montevideo se reunió una asamblea de delegados de la mayoría de los
sindicatos existentes para crear una federación de trabajadores. Esta se
constituyó en agosto de ese año con el nombre de Federación Obrera Regional
Uruguaya (FORU) primer central sindical del Uruguay que intentaba coordinar la
actividad de todos los sindicatos y consagraba el anarquismo como fundamento
ideológico. Al consagrar una doctrina determinada en su declaración de
principios alejaba de su seno a los sindicatos en los que predominaba otra
ideología que no fuera la anarquista (socialistas, católicos) lo que
perjudicaba la unidad total de todo el movimiento obrero.
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